martes, 14 de octubre de 2008

ADEUS







POR NÓS
















ADEUS JOSÉ ÁNGEL.









Para tí José Ángel e para ós teus.



Coma se o feito de marcharme,

fixera en min a necesidade comunicativa.

Coma dicir adeus, sen realmente querelo.

Coma a absurda irrealidade que me embarga.

Coma a necesidade máis estúpida que me asulaga.

Cantos días de gratitude inmensa,

Canta derroche de gratitude,

Cantas ansias de tranquilidade.

Días de vento forte,

Choiva intensa,

Facían días limpos mais con

Fondas cortinas de auga fría.

Corría detrás deles e delas,

Para así non se mollar,

Os diminutitos pes de cativiño doce

Ou de fantástica cativiña

Intentaban xogar cun adulto perseguidor,

A súa expontaneidade deliciosa,

Os máxicos rizos de Gisela maravillosa,

Namentra Ivansiño, de forma torpe,

Facía o papansiño.

Josiño estaba metido dentro de se mesmo,

E de súpeto unha explosón indefinida,

Faciálle correr a todo velocidade,

O Hall da entrada amplia,

Camiño da sá dos profesores/as,

Somentes para se tirares

No cómodo sofá grisáceo.

Toda unha maxia perfecta

En perfecto desorden

Pero cun amor tenro e pacífico.

O amor enteiro que grande é;

Canto amor íntegro

Teriamos que dar, día a día,

E clase por clase.

Coñecemento concreto

Diversificación de coñecementos

E canto amor íntegro pola hora gañada.

Que maxia máis perfecto significa

Ser neno ou neno,

Cantas horas das nosas vidas enteiras,

Ensinando a aquel que está a aprender.

Canta paciencia constante,

Canta constancia permanente.

Cantos berros inútiles,

Candos consellos agarimosos.

Días de Sol intenso,

Nun recreo pequecho e feliz,

A derradeira hora da mañá.

Xa fica pouco,

De canto en vez miro o reloxo imparable,

Fito a miña atención en Josiño,

Josiño non está a vista,

Comeza o rebusco atento,

E alí o está tranquiliño

Cun cara doce e sorrinte

As clases do teacher, eran, one, two,

As cores máis elementais

Os nomes dos animales domésticos,

As cancións maravillosas

Os Super Libros de fermosas cores,

O protestón de Christiam enfurruñado,

Que parece ir mellorando con o permiso de Don

Tempo Longo.

David e as súas liortas, as súas contrariedades,

Os seus fracasos e as súas pequenas delicias.

Miguel Lobeira perfecto artista

No saber levar a un neno sufridor,

Tantos anos, mais lémbrome do bon,

Daquelo que valeu a pena,

Do amor merecido,

Dos meus amigos escritores,

Dos sorrisos perfectos,

Que eran sinceiros e verdadeiros.

Por todos os días vividos con todos vós,

Polos días aqueles do mes de maio quente,

Que iamos a Carballido,

Pola excursión a A Coruña,

Polo Mundo dos Planetas,

Polo Aquarium perfecto.

Polo Grove, no catamarán branco,

Paseando a choiva intensa

Pola Ría de Arousa fermosa.

Polo Lago de Castiñeiras,

Tranquilo e pacífico,

Por todos os nosos nenos e nenas,

Habitantes temporais deste colexio,

Que agora abandono,

E por todos nós,

Por todos aqueles que sabemos,

O verdadeiro significado do verbo amar.


Miguel Dubois.

MIGUEL HERNÁNDEZ...POEMARIO 1

Miguel Hernández y Josefina Aldecóa, su mujer










1
EL RAYO QUE NO CESA.
Por Miguel Hernández
(1934-1935)
A ti sola, en cumplimiento de una promesa
que habrás olvidado como si fuera tuya.


2
1
Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.
Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.
Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas.
Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea,


3
que voy a mi juventud
como la luna a mi aldea.
Recojo con las pestañas
sal del alma y sal del ojo
y flores de telarañas
de mis tristezas recojo.
¿A dónde iré que no vaya
mi perdición a buscar?
Tu destino es de la playa
y mi vocación del mar.
Descansar de esta labor
de huracán, amor o infierno
no es posible, y el dolor
me hará a mi pesar eterno.
Pero al fin podré vencerte,
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte


4
nadie ha de hacerme dudar.
Sigue, pues, sigue cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.



5
2
¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?
¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?
Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.
Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.


6
3
Guiando un tribunal de tiburones,
como con dos guadañas eclipsadas,
con dos cejas tiznadas y cortadas
de tiznar y cortar los corazones,
en el mío has entrado, y en él pones
una red de raíces irritadas,
que avariciosamente acaparadas
tiene en su territorio sus pasiones.
Sal de mi corazón, del que me has hecho
un girasol sumiso y amarillo
al dictamen solar que tu ojo envía:
un terrón para siempre insatisfecho,
un pez embotellado y un martillo
harto de golpear en la herrería.


7
4
Me tiraste un limón, y tan amargo
con una mano cálida, y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura sin embargo.
Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió una mordedura
de una punta de seno duro y largo.
Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,
se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.


8
5
Tu corazón, una naranja helada
con un dentro sin luz de dulce miera
y una porosa vista de oro: un fuera
venturas prometiendo a la mirada.
Mi corazón, una febril granada
de agrupado rubor y abierta cera,
que sus tiernos collares te ofreciera
con una obstinación enamorada.
¡Ay, qué acometimiento de quebranto
ir a tu corazón y hallar un hielo
de irreductible y pavorosa nieve!
Por los alrededores de mi llanto
un pañuelo sediento va de vuelo
con la esperanza de que en él lo abreve.


9
6
Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!



10
7
Después de haber cavado este barbecho
me tomaré un descanso por la grama
y beberé del agua que en la rama
su esclava nieve aumenta en mi provecho.
Todo el cuerpo me huele a recién hecho
por el jugoso fuego que lo inflama
y la creación que adoro se derrama
a mi mucha fatiga como un lecho.
Se tomará un descanso el hortelano
y entretendrá sus penas combatiendo
por el salubre sol y el tiempo manso.
Y otra vez, inclinado cuerpo y mano,
seguirá ante la tierra perseguido
por la sombra del último descanso.


11
8
Por tu pie, la blancura más bailable,
donde cesa en diez partes tu hermosura,
una paloma sube a tu cintura,
baja a la tierra un nardo interminable.
Con tu pie vas poniendo lo admirable
del nácar en ridícula estrechura,
y donde va tu pie va la blancura,
perro sembrado de jazmín calzable.
A tu pie, tan espuma como playa,
arena y mar me arrimo y desarrimo
y al redil de su planta entrar procuro.
Entro y dejo que el alma se me vaya
por la voz amorosa del racimo:
pisa mi corazón que ya es maduro.



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12
Una querencia tengo por tu acento
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.
Paciencia necesita mi tormento,
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mi helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.
¡Ay querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.
Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia.
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.



16
13
Mi corazón no puede con la carga
de su amorosa y lóbrega tormenta
y hasta mi lengua eleva la sangrienta
especie clamorosa que lo embarga.
Ya es corazón mi lengua lenta y larga,
mi corazón y es lengua larga y lenta...
¿Quieres contar sus penas? Anda y cuenta
los dulces granos de la arena amarga.
Mi corazón no puede más de triste:
con el flotante espectro de un ahogado
vuela en la sangre y se hunde sin apoyo.
Y ayer, dentro del tuyo, me escribiste
que de nostalgia tienes inclinado
medio cuerpo hacia mí, medio hacia el hoyo.


17
14
Silencio de metal triste y sonoro,
espadas congregando con amores
en el final de huesos destructores
de la región volcánica del toro.
Una humedad de femenino oro
que olió puso en su sangre resplandores,
y refugió un bramido entre las flores
como un huracanado y vasto lloro.
De amorosas y cálidas cornadas
cubriendo está los trebolares tiernos
con el dolor de mil enamorados.
Bajo su piel las furias refugiadas
son en el nacimiento de sus cuernos
pensamientos de muerte edificados.



18
15
Me llamo barro aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame.
Soy un triste instrumento del camino.
Soy una lengua dulcemente infame
a los pies que idolatro desplegada.
Como un nocturno buey de agua y barbecho
que quiere ser criatura idolatrada,
embisto a tus zapatos y a sus alrededores,
y hecho de alfombras y de besos hecho
tu talón que me injuria beso y siembro de flores.
Coloco relicarios de mi especie
a tu talón mordiente, a tu pisada,
y siempre a tu pisada me adelanto
para que tu impasible pie desprecie
todo el amor que hacia tu pie levanto.


19
Más mojado que el rostro de mi llanto,
cuando el vidrio lanar del hielo bala,
cuando el invierno tu ventana cierra
bajo a tus pies un gavilán de ala,
de ala manchada y corazón de tierra.
Bajo a tus pies un ramo derretido
de humilde miel pataleada y sola,
un despreciado corazón caído
en forma de alga y en figura de ola.
Barro en vano me invisto de amapola,
barro en vano vertiendo voy mis brazos,
barro en vano te muerdo los talones,
dándole a malheridos aletazos
sapos como convulsos corazones.


20
Apenas si me pisas, si me pones
la imagen de tu huella sobre encima,
se despedaza y rompe la armadura
de arrope bipartido que me ciñe la boca
en carne viva y pura,
pidiéndote a pedazos que la oprima
siempre tu pie de liebre libre y loca.
Su taciturna nata se arracima,
los sollozos agitan su arboleda
de lana cerebral bajo tu paso.
Y pasas, y se queda
incendiando su cera de invierno ante el ocaso,
mártir, alhaja y pasto de la rueda.
Harto de someterse a los puñales
circulantes del carro y la pezuña,
teme del barro un parto de animales
de corrosiva piel y vengativa uña.
Teme que el barro crezca en un momento,


21
teme que crezca y suba y cubra tierna,
tierna y celosamente
tu tobillo de junco, mi tormento,
teme que inunde el nardo de tu pierna
y crezca más y ascienda hasta tu frente.
Teme que se levante huracanado
del bando territorio del invierno
y estalle y truene y caiga diluviado
sobre tu sangre duramente tierno.
Teme un asalto de ofendida espuma
y teme un amoroso cataclismo.
Antes que la sequía lo consuma
el barro ha de volverte de lo mismo.


22
16
Si la sangre también, como el cabello,
con el dolor y el tiempo encaneciera,
mi sangre, roja hasta el carbunclo, fuera
pálida hasta el temor y hasta el destello.
Desde que me conozco me querello
tanto de tanto andar de fiera en fiera
sangre, y ya no es mi sangre una nevera
porque la nieve no se ocupa de ello.
Si el tiempo y el dolor fueran de plata
surcada como van diciendo quienes
a sus obligatorias y verdugas
reliquias dan lugar, como la nata,
mi corazón tendría ya las sienes
espumosas de canas y de arrugas.



23
17
El toro sabe al fin de la corrida,
donde prueba su chorro repentino,
que el sabor de la muerte es el de un vino
que el equilibrio impide de la vida.
Respira corazones por la herida
desde un gigante corazón vecino,
y su vasto poder de piedra y pino
cesa debilitado en la caída.
Y como el toro tú, mi sangre astada,
que el cotidiano cáliz de la muerte,
edificado con un turbio acero,
vierte sobre mi lengua un gusto a espada

diluida en un vino espeso y fuerte


24
18
Ya de su creación, tal vez, alhaja
algún sereno aparte campesino
el algarrobo, el haya, el roble, el pino
que ha de dar la materia de mi caja.
Ya, tal vez, la combate y trabaja
el talador con ímpetu asesino
y, tal vez, por la cuesta del camino
sangrando subre y resonando baja.
Ya, tal vez, la reduce a geometría,
a pliegos aplanados quien apresta
el último refugio a todo vivo.
Y cierta y sin tal vez, la tierra umbría
desde la eternidad está dispuesta
a recibir mi adiós definitivo.



25
19
Yo sé que ver y oír a un triste enfada
cuando se viene y va de la alegría
como un mar meridiano a una bahía,
a una región esquiva y desolada.
Lo que he sufrido y nada todo es nada
para lo que me queda todavía
que sufrir, el rigor de esta agonía
de andar de este cuchillo a aquella espada.
Me callaré, me apartaré si puedo
con mi constante pena, instante, plena,
a donde ni has de oírme ni he de verte.
Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena:
adiós, amor, adiós, hasta la muerte.


26
20
No me conformo, no: me desespero
como si fuera un huracán de lava
en el presidio de una almendra esclava
o en el penal colgante de un jilguero.
Besarte fue besar un avispero
que me clama al tormento y me desclava
y cava un hoyo fúnebre y lo cava
dentro del corazón donde me muero.
No me conformo, no: ya es tanto y tanto
idolatrar la imagen de tu beso
y perseguir el curso de tu aroma.
Un enterrado vivo por el llanto,
una revolución dentro de un hueso,


27
21
¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria
del privilegio aquel, de aquel aquello
que era, almenadamente blanco y bello,
una almena de nata giratoria?
Recuerdo y no recuerdo aquella historia
de marfil expirado en un cabello,
donde aprendió a ceñir el cisne cuello
y a vocear la nieve transitoria.
Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
de estrangulable hielo femenino
como una lacteada y breve vía.
Y recuerdo aquel beso sin apoyo
que quedó entre mi boca y el camino
de aquel cuello, aquel beso y aquel día.


28
22
Vierto la red, esparzo la semilla
entre ovas, aguas, surcos y amapolas,
sembrando a secas y pescando a solas
de corazón ansioso y de mejilla.
Espero a que recaiga en esta arcilla
la lluvia con sus crines y sus colas,
relámpagos sujetos a olas
desesperando espero en esta orilla.
Pero transcurren lunas y más lunas,
aumenta de mirada mi deseo
y no crezco en espigas o en pescados.
Lunas de perdición como ningunas,
porque sólo recojo y sólo veo
piedras como diamantes eclipsados.



29
23
Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.
Como el toro la encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.
Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.
Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.


30
24
Fatiga tanto andar sobre la arena
descorazonadora de un desierto,
tanto vivir en la ciudad de un puerto
si el corazón de barcos no se llena.
Angustia tanto el son de la sirena
oído siempre en un anclado huerto,
tanto la campanada por el muerto
que en el otoño y en la sangre suena,
que un dulce tiburón, que una manada
de inofensivos cuernos recentales,
habitándome días, meses y años,
ilustran mi garganta y mi mirada
de sollozos de todos los metales
y de fieras de todos los tamaños.


31
25
Al derramar tu voz su mansedumbre
de miel bocal, y al puro bamboleo,
en mis terrestres manos el deseo
sus rosas pone al fuego de costumbre.
Exasperado llego hasta la cumbre
de tu pecho de isla, y lo rodeo
de un ambicioso mar y un pataleo
de exasperados pétalos de lumbre.
Pero tú te defiendes con murallas
de mis alteraciones codiciosas
de sumergirse en tierras y océanos.
Por piedra pura, indiferente, callas:
callar de piedra, que otras y otras rosas
me pones y me pones en las manos.


32
26
Por una senda van los hortelanos,
que es la sagrada hora del regreso,
con la sangre injuriada por el peso
de inviernos, primaveras y veranos.
Vienen de los esfuerzos sobrehumanos
y van a la canción, y van al beso,
y van dejando por el aire impreso
un olor de herramientas y de manos.
Por otra senda yo, por otra senda
que no conduce al beso aunque es la hora,
sino que merodea sin destino.
Bajo su frente trágica y tremenda,
un toro solo en la ribera llora
olvidando que es toro y masculino.
un rayo soy sujeto a una redoma.
desde mi corazón donde me muero.


33
27
Lluviosos ojos que lluviosamente
me hacéis penar: lluviosas soledades,
balcones de las rudas tempestades
que hay en mi corazón adolescente.
Corazón cada día más frecuente
en para idolatrar criar ciudades
de amor que caen de todas mis edades
babilónicamente y fatalmente.
Mi corazón, mis ojos sin consuelo,
metrópolis de atmósfera sombría
gastadas por un río lacrimoso.
Ojos de ver y no gozar el cielo,
corazón de naranja cada día,
si más envejecido, más sabroso.



34
28
La muerte, toda llena de agujeros
y cuernos de su mismo desenlace,
bajo una piel de toro pisa y pace
un luminoso prado de toreros.
Volcánicos bramidos, humos fieros
de general amor por cuanto nace,
a llamaradas echa mientras hace
morir a tranquilos ganaderos.
Ya puedes, amorosa fiera hambrienta,
pastar mi corazón, trágica grama,
si te gusta lo amargo de su asunto.
Un amor hacia todo me atormenta
como a ti, y hacia todo se derrama
mi corazón vestido de difunto.



35
29
(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha
muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto
quería.)
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.



36
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.


37
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.


38
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
(10 de enero de 1936)


39
SONETO FINAL
Por desplumar arcángeles glaciales,
la nevada lilial de esbeltos dientes
es condenada al llanto de las fuentes
y al desconsuelo de los manantiales.
Por difundir su alma en los metales,
por dar el fuego al hierro sus orientes,
al dolor de los yunques inclementes
lo arrastran los herreros torrenciales.
Al doloroso trato de la espina,
al fatal desaliento de la rosa
y a la acción corrosiva de la muerte
arrojado me veo, y tanta ruina
no es por otra desgracia ni por otra cosa
que por quererte y sólo por quererte.



ELEGIA A RAMON SIJE
MIGUEL HERNÁNDEZ
(1910-1942)
( En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como del rayo
Ramón Sijé, con quien tanto quería.)
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.


Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
(10 de enero de 1936)


MIGUEL
HERNÁNDEZ
Viento del pueblo (1936-1937)



Miguel Hernández Viento del pueblo
[1]
ELEGÍA PRIMERA
A Federico García Lorca, poeta.
Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,
y en traje de cañón, las parameras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal, y esparce calaveras.
Verdura de las eras,
¿qué tiempo prevalece la alegría?
El sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas
y hace brotar la sombra más sombría.
El dolor y su manto
vienen una vez más a nuestro encuentro.
Y una vez más al callejón del llanto
lluviosamente entro.
Siempre me veo dentro
de esta sombra de acíbar revocada,
amasada con ojos y bordones,
que un candil de agonía tiene puesto a la entrada
y un rabioso collar de corazones.
Llorar dentro de un pozo,
en la misma raíz desconsolada
del agua, del sollozo,
del corazón quisiera:
donde nadie me viera la voz ni la mirada,
ni restos de mis lágrimas me viera.
Entro despacio, se me cae la frente
despacio, el corazón se me desgarra
despacio, y despaciosa y negramente
vuelvo a llorar al pie de una guitarra.
Entre todos los muertos de elegía,
sin olvidar el eco de ninguno,
por haber resonado más en el alma mía,
la mano de mi llanto escoge uno.


Miguel Hernández Viento del pueblo
Federico García
hasta ayer se llamó: polvo se llama.
Ayer tuvo un espacio bajo el día
que hoy el hoyo le da bajo la grama.
¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres!
Tu agitada alegría,
que agitaba columnas y alfileres,
de tus dientes arrancas y sacudes,
y ya te pones triste, y sólo quieres
ya el paraíso de los ataúdes.
Vestido de esqueleto,
durmiéndote de plomo,
de indiferencia armado y de respeto,
te veo entre tus cejas si me asomo.
Se ha llevado tu vida de palomo,
que ceñía de espuma
y de arrullos el cielo y las ventanas,
como un raudal de pluma
el viento que se lleva las semanas.
Primo de las manzanas,
no podrá con tu savia la carcoma,
no podrá con tu muerte la lengua del gusano,
y para dar salud fiera a su poma
elegirá tus huesos el manzano.
Cegado el manantial de tu saliva,
hijo de la paloma,
nieto del ruiseñor y de la oliva:
serás, mientras la tierra vaya y vuelva,
esposo siempre de la siempreviva,
estiércol padre de la madreselva.
¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla,
pero qué injustamente arrebatada!
No sabe andar despacio, y acuchilla
cuando menos se espera su turbia cuchillada.
Tú, el más firme edificio, destruido,
tú, el gavilán más alto, desplomado,


Miguel Hernández Viento del pueblo
tú, el más grande rugido,
callado, y más callado, y más callado.
Caiga tu alegre sangre de granado,
como un derrumbamiento de martillos feroces,
sobre quien te detuvo mortalmente.
Salivazos y hoces
caigan sobre la mancha de su frente.
Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
Un cósmico temblor de escalofríos
mueve temiblemente las montañas,
un resplandor de muerte la matriz de los ríos.
Oigo pueblos de ayes y valles de lamentos,
veo un bosque de ojos nunca enjutos,
avenidas de lágrimas y mantos:
y en torbellinos de hojas y de vientos,
lutos tras otros lutos y otros lutos,
llantos tras otros llantos y otros llantos.
No aventarán, no arrastrarán tus huesos,
volcán de arrope, trueno de panales,
poeta entretejido, dulce, amargo,
que el calor de los besos
sentiste, entre dos largas hileras de puñales,
largo amor, muerte larga, fuego largo.
Por hacer a tu muerte compañía,
vienen poblando todos los rincones
del cielo y de la tierra bandadas de armonía,
relámpagos de azules vibraciones.
Crótalos granizados a montones,
batallones de flautas, panderos y gitanos,
ráfagas de abejorros y violines,
tormentas de guitarras y pianos,
irrupciones de trompas y clarines.
Pero el silencio puede más que tanto instrumento.
Silencioso, desierto, polvoriento
que la muerte desierta,
parece que tu lengua, que tu aliento,
los ha cerrado el golpe de una puerta.



Miguel Hernández Viento del pueblo
Como si paseara con tu sombra,
paseo con la mía
por una tierra que el silencio alfombra,
que el ciprés apetece más sombría.
Rodea mi garganta tu agonía
como un hierro de horca
y pruebo una bebida funeraria.
Tú sabes, Federico García Lorca,
que soy de los que gozan una muerte diaria.



Miguel Hernández Viento del pueblo
[2]
SENTADO SOBRE LOS MUERTOS
Sentado sobre los muertos
que se han callado en dos meses,
beso zapatos vacíos
y empuño rabiosamente
la mano del corazón
y el alma que lo mantiene.
Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.
Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles.
Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere.
Ayer amaneció el pueblo
desnudo y sin qué ponerse,
hambriento y sin qué comer,
el día de hoy amanece
justamente aborrascado
y sangriento justamente.



Miguel Hernández Viento del pueblo
En su mano los fusiles
leones quieren volverse
para acabar con las fieras
que lo han sido tantas veces.
Aunque le falten las armas,
pueblo de cien mil poderes,
no desfallezcan tus huesos,
castiga a quien te malhiere
mientras que te queden puños,
uñas, saliva, y te queden
corazón, entrañas, tripas,
cosas de varón y dientes.
Bravo como el viento bravo,
leve como el aire leve,
asesina al que asesina,
aborrece al que aborrece
la paz de tu corazón
y el vientre de tus mujeres.
No te hieran por la espalda,
vive cara a cara y muere
con el pecho ante las balas,
ancho como las paredes.
Canto con la voz de luto,
pueblo de mí, por tus héroes:
tus ansias como las mías,
tus desventuras que tienen
del mismo metal el llanto,
las penas del mismo temple,
y de la misma madera
tu pensamiento y mi frente,
tu corazón y mi sangre,
tu dolor y mis laureles.
Antemuro de la nada
esta vida me parece.
Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.


Miguel Hernández Viento del pueblo
[3]
VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.
Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.
No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?
Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,



Miguel Hernández Viento del pueblo
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra:
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.



Miguel Hernández Viento del pueblo
[4]
EL NIÑO YUNTERO
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.
Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.
Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.
Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.
Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.
Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte



Miguel Hernández Viento del pueblo
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.
Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.
Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.
Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.
Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.
¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del corazón
de los hombre jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.



Miguel Hernández Viento del pueblo
[5]
LOS COBARDES
Hombres veo que de hombres
sólo tienen, sólo gastan
el parecer y el cigarro,
el pantalón y la barba.
En el corazón son liebres,
gallinas en las entrañas,
galgos de rápido vientre,
que en épocas de paz ladran
y en épocas de cañones
desaparecen del mapa.
Estos hombres, estas liebres,
comisarios de la alarma,
cuando escuchan a cien leguas
el estruendo de las balas,
con singular heroísmo
a la carrera se lanzan,
se les alborota el ano,
el pelo se les espanta.
Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.
¿Dónde iréis que no vayáis
a la muerte, liebres pálidas,
podencos de poca fe
y de demasiadas patas?
¿No os avergüenza mirar
en tanto lugar de España
a tanta mujer serena
bajo tantas amenazas?
Un tiro por cada diente
vuestra existencia reclama,
cobardes de piel cobarde
y de corazón de caña.



Miguel Hernández Viento del pueblo
Tembláis como poseídos
de todo un siglo de escarcha
y vais del sol a la sombra
llenos de desconfianza.
Halláis los sótanos poco
defendidos por las casas.
Vuestro miedo exige al mundo
batallones de murallas,
barreras de plomo a orillas
de precipicios y zanjas
para vuestra pobre vida,
mezquina de sangre y ansias.
No os basta estar defendidos
por lluvias de sangre hidalga,
que no cesa de caer,
generosamente cálida,
un día tras otro día
a la gleba castellana.
No sentís el llamamiento
de las vidas derramadas.
Para salvar vuestra piel
las madrigueras no os bastan,
no os bastan los agujeros,
ni los retretes, ni nada.
Huís y huís, dando al pueblo,
mientras bebéis la distancia,
motivos para mataros
por las corridas espaldas.
Solos se quedan los hombres
al calor de las batallas,
y vosotros, lejos de ellas,
queréis ocultar la infamia,
pero el color de cobardes
no se os irá de la cara.
Ocupad los tristes puestos
de la triste telaraña.
Sustituid a la escoba,
y barred con vuestras nalgas
la mierda que vais dejando
donde colocáis la planta.




Miguel Hernández Viento del pueblo
[6]
ELEGÍA SEGUNDA
A Pablo de la Torriente, comisario político
"Me quedaré en España, compañero",
me dijiste con gesto enamorado.
Y al fin sin tu edificio trotante de guerrero
en la hierba de España te has quedado.
Nadie llora a tu lado:
desde el soldado al duro comandante,
todos te ven, te cercan y te atienden
con ojos de granito amenazante,
con cejas incendiadas que todo el cielo encienden.
Valentín el volcán, que si llora algún día
será con unas lágrimas de hierro,
se viste emocionado de alegría
para robustecer el río de tu entierro.
Como el yunque que pierde su martillo,
Manuel Moral se calla
colérico y sencillo.
Y hay muchos capitanes y muchos comisarios
quitándote pedazos de metralla,
poniéndote trofeos funerarios.
Ya no hablarás de vivos y de muertos,
ya disfrutas la muerte del héroe, ya la vida
que no te verá en las calles ni en los puertos
pasar como una ráfaga garrida.
Pablo de la Torriente,
has quedado en España
y en mi alma caído:
nunca se pondrá el sol sobre tu frente,
heredará tu altura la montaña
y tu valor el toro del bramido.


Miguel Hernández Viento del pueblo
De una forma vestida de preclara
has perdido las plumas y los besos,
con el sol español puesto en la cara
y el de Cuba en los huesos.
Pasad ante el cubano generoso,
hombres de su Brigada,
con el fusil furioso,
las botas iracundas y la mano crispada.
Miradlo sonriendo a los terrones
y exigiendo venganza bajo sus dientes mudos
a nuestros más floridos batallones
y a sus varones como rayos rudos.
Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan.
No temáis que se extinga su sangre sin objeto,
porque éste es de los muertos que crecen y se agrandan
aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.



Miguel Hernández Viento del pueblo
[7]
NUESTRA JUVENTUD NO MUERE
Caídos sí, no muertos, ya postrados titanes,
están los hombres de resuelto pecho
sobre las más gloriosas sepulturas:
las eras de las hierbas y los panes,
el frondoso barbecho,
las trincheras oscuras.
Siempre serán famosas
estas sangres cubiertas de abriles y de mayos,
que hacen vibrar las dilatadas fosas
con su vigor que se decide en rayos.
Han muerto como mueren los leones:
peleando y rugiendo,
espumosa la boca de canciones,
de ímpetu las cabezas y las venas de estruendo.
Héroes a borbotones,
no han conocido el rostro a la derrota,
y victoriosamente sonriendo
se han desplomado en la besana umbría,
sobre el cimiento errante de la bota
y el firmamento de la gallardía.
Una gota de pura valentía
vale más que un océano cobarde.
Bajo el gran resplandor de un mediodía
sin mañana y sin tarde,
unos caballos que parecen claros,
aunque son tenebrosos y funestos,
se llevan a estos hombres vestidos de disparos
a sus inacabables y entretejidos puestos.
No hay nada negro en estas muertes claras.
Pasiones y tambores detengan los sollozos.
Mirad, madres y novias, sus transparentes caras:
la juventud verdea para siempre en sus bozos.



Miguel Hernández Viento del pueblo
[8]
LLAMO A LA JUVENTUD
Los quince y los dieciocho,
los dieciocho y los veinte...
Me voy a cumplir los años
al fuego que me requiere,
y si resuena mi hora
antes de los doce meses,
los cumpliré bajo tierra.
Yo trato que de mí queden
una memoria de sol
y un sonido de valiente.
Si cada boca de España,
de su juventud, pusiese
estas palabras, mordiéndolas,
en lo mejor de sus dientes:
si la juventud de España,
de un impulso solo y verde,
alzara su gallardía,
sus músculos extendiese
contra los desenfrenados
que apropiarse España quieren,
sería el mar arrojando
a la arena muda siempre
varios caballos de estiércol
de sus pueblos transparentes,
con un brazo inacabable
de perpetua espuma fuerte.
Si el Cid volviera a clavar
aquellos huesos que aún hieren
el polvo y el pensamiento,
aquel cerro de su frente,
aquel trueno de su alma
y aquella espada indeleble,
sin rival, sobre su sombra
de entrelazados laureles:
al mirar lo que de España
los alemanes pretenden,
los italianos procuran,



Miguel Hernández Viento del pueblo
que los expresan fielmente,
donde los ojos se rompen
de tanto ver y no verles,
de tanta lágrima muda,
de tanta hermosura ausente.
Juventud solar de España:
que pase el tiempo y se quede
con un murmullo de huesos
heroicos en su corriente.
Echa tus huesos al campo,
echar las fuerzas que tienes
a las cordilleras foscas
y al olivo del aceite.
Reluce por los collados,
y apaga la mala gente,
y atrévete con el plomo,
y el hombro y la pierna extiende.
Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen.
Cuerpos que nacen vencidos,
vencidos y grises mueren:
vienen con la edad de un siglo,
y son viejos cuando vienen.
La juventud siempre empuja
la juventud siempre vence,
y la salvación de España
de su juventud depende.
La muerte junto al fusil,
antes que se nos destierre,
antes que se nos escupa,
antes que se nos afrente
y antes que entre las cenizas
que de nuestro pueblo queden,
arrastrados sin remedio
gritemos amargamente:
¡Ay España de mi vida,
ay España de mi muerte!



Miguel Hernández Viento del pueblo
[9]
RECOGED ESTA VOZ
I
Naciones de la tierra, patrias del mar, hermanos
del mundo y de la nada:
habitantes perdidos y lejanos
más que del corazón, de la mirada.
Aquí tengo una voz enardecida,
aquí tengo un vida combatida y airada,
aquí tengo un rumor, aquí tengo una vida.
Abierto estoy, mirad, como una herida.
Hundido estoy, mirad, estoy hundido
en medio de mi pueblo y de sus males.
Herido voy, herido y malherido,
sangrando por trincheras y hospitales.
Hombres, mundos, naciones,
atended, escuchad mi sangrante sonido,
recoged mis latidos de quebranto
en vuestros espaciosos corazones,
porque yo empuño el alma cuando canto.
Cantando me defiendo
y defiendo mi pueblo cuando en mi pueblo imprimen
su herradura de pólvora y estruendo
los bárbaros del crimen.
Esta es su obra, esta:
pasan, arrasan como torbellinos,
y son ante su cólera funesta
armas los horizontes y muerte los caminos.
El llanto que por valles y balcones se vierte,
en las piedras diluvia y en las piedras trabaja,
y no hay espacio para tanta muerte,
y no hay madera para tanta caja.


Miguel Hernández Viento del pueblo
Caravanas de cuerpos abatidos.
Todo vendajes, penas y pañuelos:
todo camillas donde a los heridos
se les quiebran las fuerzas y los vuelos.
Sangre, sangre por árboles y suelos,
sangre por aguas, sangre por paredes.
y un temor de que España se desplome
del peso de la sangre que moja entre sus redes
hasta el pan que se come.
Recoged este viento,
naciones, hombres, mundos,
que parte de las bocas de conmovido aliento
y de los hospitales moribundos.
Aplicad las orejas
a mi clamor de pueblo atropellado,
al ¡ay! de tantas madres, a las quejas
de tanto ser luciente que el luto ha devorado.
Los pechos que empujaban y herían las montañas,
vedlos desfallecidos sin leche ni hermosura,
y ved las blancas novias y las negras pestañas
caídas y sumidas en una siesta oscura.
Aplicad la pasión de las entrañas
a este pueblo que muere con un gesto invencible
sembrado por los labios y la frente,
bajo los implacables aeroplanos
que arrebatan terrible,
terrible, ignominiosa, diariamente,
a las madres los hijos de las manos.
Ciudades de trabajo y de inocencia,
juventudes que brotan de la encina,
troncos de bronce, cuerpos de potencia
yacen precipitados en la ruina.
Un porvenir de polvo se avecina,
se avecina un suceso
en que no quedará ninguna cosa:
ni piedra sobre piedra ni hueso sobre hueso.


Miguel Hernández Viento del pueblo
España no es España, que es una inmensa fosa,
que es un gran cementerio rojo y bombardeado:
los bárbaros la quieren de este modo.
Será la tierra un denso corazón desolado,
si vosotros, naciones, hombres, mundos,
con mi pueblo del todo
y vuestro pueblo encima del costado,
no quebráis los colmillos iracundos.
II
Pero no lo será: que un mar piafante,
triunfante siempre, siempre decidido,
hecho para la luz, para la hazaña,
agita su cabeza de rebelde diamante,
bate su pie calzado en el sonido
por todos los cadáveres de España.
Es una juventud: recoged este viento.
Su sangre es el cristal que no se empaña,
su sombrero el laurel y su pedernal su aliento.
Donde clava la fuerza de sus dientes
brota un volcán de diáfanas espadas,
y sus hombros batientes,
y sus talones guían llamaradas.
Está compuesta de hombres del trabajo:
de herreros rojos, de albos albañiles,
de yunteros con rostro de cosechas.
Oceánicamente transcurren por debajo
de un fragor de sirenas y herramientas fabriles
y de gigantes arcos alumbrados con flechas.
A pesar de la muerte, estos varones
con metal y relámpagos igual que los escudos,
hacen retroceder a los cañones
acobardados, temblorosos, mudos.


Miguel Hernández Viento del pueblo
El polvo no los puede y hacen del polvo fuego,
savia, explosión, verdura repentina:
con su poder de abril apasionado
precipitan el alma del espliego,
el parto de la mina,
el fértil movimiento del arado.
Ellos harán de cada ruina un prado,
de cada pena un fruto de alegría,
de España un firmamento de hermosura.
Vedlos agigantar el mediodía
y hermosearlo todo con su joven bravura.
Se merecen la espuma de los truenos,
se merecen la vida y el olor del olivo,
los españoles amplios y serenos
que mueven la mirada como un pájaro altivo.
Naciones, hombres, mundos, esto escribo:
la juventud de España saldrá de las trincheras
de pie, invencible como la semilla,
pues tiene un alma llena de banderas
que jamás se somete ni arrodilla.
Allá van por los yermos de Castilla
los cuerpos que parecen potros batalladores,
toros de victorioso desenlace,
diciéndose en su sangre de generosas flores
que morir es la cosa más grande que se hace.
Quedarán en el tiempo vencedores,
siempre de sol y majestad cubiertos,
los guerreros de huesos tan gallardos
que si son muertos son gallardos muertos:
la juventud que a España salvará, aunque tuviera
que combatir con un fusil de nardos
y una espada de cera.

Miguel Hernández Viento del pueblo
[10]
ROSARIO, DINAMITERA
Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.
Nadie al mirarla creyera
que había en su corazón
una desesperación,
de cristales, de metralla
ansiosa de una batalla,
sedienta de una explosión.
Era tu mano derecha,
capaz de fundir leones,
la flor de las municiones
y el anhelo de la mecha.
Rosario, buena cosecha,
alta como un campanario
sembrabas al adversario
de dinamita furiosa
y era tu mano una rosa
enfurecida, Rosario.
Buitrago ha sido testigo
de la condición de rayo
de las hazañas que callo
y de la mano que digo.
¡Bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella,
que hoy no es mano porque de ella,
que ni un solo dedo agita,
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella!
Rosario, dinamitera,
puedes ser varón y eres
la nata de las mujeres,
la espuma de la trinchera.


Miguel Hernández Viento del pueblo
[10]
ROSARIO, DINAMITERA
Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.
Nadie al mirarla creyera
que había en su corazón
una desesperación,
de cristales, de metralla
ansiosa de una batalla,
sedienta de una explosión.
Era tu mano derecha,
capaz de fundir leones,
la flor de las municiones
y el anhelo de la mecha.
Rosario, buena cosecha,
alta como un campanario
sembrabas al adversario
de dinamita furiosa
y era tu mano una rosa
enfurecida, Rosario.
Buitrago ha sido testigo
de la condición de rayo
de las hazañas que callo
y de la mano que digo.
¡Bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella,
que hoy no es mano porque de ella,
que ni un solo dedo agita,
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella!
Rosario, dinamitera,
puedes ser varón y eres
la nata de las mujeres,
la espuma de la trinchera.
Digna como una bandera



Miguel Hernández Viento del pueblo
de triunfos y resplandores,
dinamiteros pastores,
vedla agitando su aliento
y dad las bombas al viento
del alma de los traidores.


Miguel Hernández Viento del pueblo
de triunfos y resplandores,
dinamiteros pastores,
vedla agitando su aliento
y dad las bombas al viento
del alma de los traidores.


Miguel Hernández Viento del pueblo
[11]
JORNALEROS
Jornaleros que habéis cobrado en plomo
sufrimientos, trabajos y dineros.
Cuerpos de sometido y alto lomo:
jornaleros.
Españoles que España habéis ganado
labrándola entre lluvias y entre soles.
Rabadanes del hambre y el arado:
españoles.
Esta España que, nunca satisfecha
de malograr la flor de la cizaña,
de una cosecha pasa a otra cosecha:
esta España.
Poderoso homenaje a las encinas,
homenaje del toro y el coloso,
homenaje de páramos y minas
poderoso.
Esta España que habéis amamantado
con sudores y empujes de montaña,
codician los que nunca han cultivado
esta España.
¿Dejaremos llevar cobardemente
riquezas que han forjado nuestros remos?
¿Campos que ha humedecido nuestra frente
dejaremos?
Adelanta, español, una tormenta
de martillos y hoces: ruge y canta.
Tu porvenir, tu orgullo, tu herramienta
adelanta.
Los verdugos, ejemplo de tiranos,
Hitler y Mussolini labran yugos.
Sumid en un retrete de gusanos


Miguel Hernández Viento del pueblo
los verdugos.
Ellos, ellos nos traen una cadena
de cárceles, miserias y atropellos.
¿Quién España destruye y desordena?
¡Ellos!¡Ellos!
Fuera, fuera, ladrones de naciones,
guardianes de la cúpula banquera,
cluecas del capital y sus doblones:
¡fuera, fuera!
Arrojados seréis como basura
de todas partes y de todos lados.
No habrá para vosotros sepultura,
arrojados.
La saliva será vuestra mortaja,
vuestro final la bota vengativa,
y sólo os dará sombra, paz y caja
la saliva.
Jornaleros: España, loma a loma,
es de gañanes, pobres y braceros.
¡No permitáis que el rico se la coma,
jornaleros!


Miguel Hernández Viento del pueblo
[12]
AL SOLDADO INTERNACIONAL CAÍDO EN ESPAÑA
Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras,
una esparcida frente de mundiales cabellos,
cubierta de horizontes, barcos y cordilleras,
con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos.
Las patrias te llamaron con todas sus banderas,
que tu aliento llenara de movimientos bellos.
Quisiste apaciguar la sed de las panteras,
y flameaste henchido contra sus atropellos.
Con un sabor a todos los soles y los mares,
España te recoge porque en ella realices
tu majestad de árbol que abarca un continente.
A través de tus huesos irán los olivares
desplegando en la tierra sus más férreas raíces,
abrazando a los hombres universal, fielmente.


Miguel Hernández Viento del pueblo
[13]
ACEITUNEROS
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma, ¿quién
amamantó los olivos?
Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa de sudor.
No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.
Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan


Miguel Hernández Viento del pueblo
que sólo el otro comía.
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?
Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de las lomas.



Miguel Hernández Viento del pueblo
[14]
VISIÓN DE SEVILLA
¿Quién te verá, ciudad de manzanilla,
amorosa ciudad, la ciudad más esbelta,
que encima de una torre llevas puesto: Sevilla?
Dolor a rienda suelta:
la ciudad de cristal se empaña, cruje.
Un tormentoso toro da una vuelta
al horizonte y al silencio, y muge.
Detrás del toro, al borde de su ruina,
la ciudad que viviera
bajo una cabellera de mujer soleada,
sobre una perfumada cabellera,
la ciudad cristalina
yace pisoteada.
Una bota terrible de alemanes poblada
hunde su marca en el jazmín ligero,
pesa sobre el naranjo aleteaste:
y pesa y hunde su talón grosero
un general de vino desgarrado,
de lengua pegajosa y vacilante,
de bigotes de alambre groseramente astado.
Mirad, oíd: mordiscos en las rejas,
cepos contra las manos,
horrores reluciendo por las cejas,
luto en las azoteas, muerte en los sevillanos.
Cólera contenida por los gestos,
carne despedazada ante la soga,
y lágrimas ocultas en los tiestos,
en las roncas guitarras donde un pueblo se ahoga.
Un clamor de oprimidos,
de huesos que exaspera la cadena,
de tendones talados, demolidos


Miguel Hernández Viento del pueblo
por un cuchillo siervo de una hiena.
Se nubló la azucena,
la airosa maravilla:
patíbulos y cárceles degüellan los gemidos,
la juventud, el aire de Sevilla.
Amordazado el ruiseñor, desierto
el arrayán, el día deshonrado,
tembloroso el cancel, el patio muerto
y el surtidos, en medio, degollado.
¿Qué son las sevillanas
de claridad radiante y penumbrosa?
Mantillas mustias, mustias porcelanas
violadas a la orilla de la fosa.
Con angustia y claveles oprime sus ventanas
la población de abril. La cal se altera
eclipsada con rojo zumo humano.
Guadalquivir, Guadalquivir, espera:
¡no te lleves a tanto sevillano!


Miguel Hernández Viento del pueblo
[15]
CENICIENTO MUSSOLINI
Ven a Guadalajara, dictador de cadenas,
carcelaria mandíbula de canto:
verás la retiradas miedosa de tu hienas,
verás el apogeo del espanto.
Rumoras provincia de colmenas,
la patria del panal estremecido,
la dulce Alcarria, amarga como el llanto,
amarga te ha sabido.
Ven y verás, mortífero bandido,
ruedas de tus cañones,
banderas de tu ejército, carne de tus soldados,
huesos de tus legiones,
trajes y corazones destrozados.
Una extensión de muertos humeantes:
muertos que humean ante la colina,
muertos bajo la nieve,
muertos sobre los páramos gigantes,
muertos junto a la encina,
muertos dentro del agua que les llueve.
Sangre que no se mueve
de convertida en hielo.
Vuela sin pluma un ala numerosa,
rojo y audaz, que abarca todo el cielo
y abre a cada italiano la explosión de una fosa.
Un titánico vuelo
de aeroplanos de España
te vence, te tritura,
ansiosa telaraña,
con su majestuosa dentadura.
Ven y verás sobre la gleba oscura
alzarse como un fósforo glorioso,
sobreponerse al hambre, levantarse del barro,
desprenderse del barro con emoción y brío


Miguel Hernández Viento del pueblo
vívidas esculturas sin reposo,
españoles del bronce más bizarro,
con el cabello blanco de rocío.
Los verás rebelarse contra el frío,
de no beber la boca dilatada,
mas vencida la sed con la sonrisa:
de no dormir extensa la mirada,
y destrozada a tiros la camisa.
Manda plomo y acero
en grandes emisiones combativas,
con esa voluntad de carnicero
digna de que la entierren las más sucias salivas.
Agota las riquezas italianas,
la cantidad preciosa de sus seres,
deja exhaustas sus minas, sin nadie sus ventanas,
desiertos sus arados y mudos sus talleres.
Enviuda y desangra sus mujeres:
nada podrás contra este pueblo mío,
tan sólido y tan alto de cabeza,
que hasta sobre la muerte mueve su poderío,
que hasta del junco saca fortaleza.
Pueblo de Italia, un hombre te destroza:
repudia su dictamen con un gesto infinito.
Sangre unánime viertes que ni roza,
ni da en su corazón de teatro y granito.
Tus muertos callan clamorosamente
y te indican un grito
liberador, valiente.
Dictador de patíbulos, morirás bajo el diente
de tu pueblo y de miles.
Ya tus mismos cañones van contra tus soldados,
y alargan hacia ti su hierro los fusiles
que contra España tienes vomitados.
Tus muertos a escupirnos se levanten:
a escupirnos el alma se levanten los nuestros
de no lograr que nuestros vivos canten
la destrucción de tantos eslabones siniestros.
Dos especies de manos se enfrentan en la vida,


Miguel Hernández Viento del pueblo
[16]
LAS MANOS
Brotan del corazón, irrumpen por los brazos,
saltan, y desembocan sobre la luz herida
a golpes, a zarpazos.
La mano es la herramienta del alma, su mensaje,
y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente.
Alzad, moved las manos en un gran oleaje,
hombres de mi simiente.
Ante la aurora veo surgir las manos puras
de los trabajadores terrestres y marinos,
como una primavera de alegres dentaduras,
de dedos matutinos.
Endurecidamente pobladas de sudores,
retumbantes las venas desde las uñas rotas,
constelan los espacios de andamios y clamores,
relámpagos y gotas.
Conducen herrerías, azadas y telares,
muerden metales, montes, raptan hachas, encinas,
y construyen, si quieren, hasta en los mismos mares
fábricas, pueblos, minas.
Estas sonoras manos oscuras y lucientes
las reviste una piel de invencible corteza,
y son inagotables y generosas fuentes
de vida y de riqueza.
Como si con los astros el polvo peleara,
como si los planetas lucharan con gusanos,
la especie de las manos trabajadora y clara
lucha con otras manos.
Feroces y reunidas en un bando sangriento,
avanzan al hundirse los cielos vespertinos
unas manos de hueso lívido y avariento,


Miguel Hernández Viento del pueblo
No han mudado: no cantan. Sus dedos vagan roncos,
mudamente aletean, se ciernen, se propagan.
Ni tejieron la pana, ni mecieron los troncos,
y blandas de ocio vagan.
Empuñan crucifijos y acaparan tesoros
que a nadie corresponden sino a quien los labora,
y sus mudos crepúsculos absorben los sonoros
caudales de la aurora.
Orgullo de puñales, arma de bombardeos
con un cáliz, un crimen y un muerto en cada uña:
ejecutoras pálidas de los negros deseos
que la avaricia empuña.
¿Quién lavará estas manos fangosas que se extienden
al agua y la deshonran, enrojecen y estragan?
Nadie lavará manos que en el puñal se encienden
y en el amor se apagan.
Las laboriosas manos de los trabajadores
caerán sobre vosotras con dientes y cuchillas.
Y las verán cortadas tantos explotadores
en sus mismas rodillas.


Miguel Hernández Viento del pueblo
[17]
EL SUDOR
En el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El sudor es un árbol desbordante y salado,
un voraz oleaje.
Llega desde la edad del mundo más remota
a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a sustentar la sed y la sal gota a gota,
a iluminar la vida.
Hijo del movimiento, primo del sol, hermano
de la lágrima, deja rodando por las eras,
del abril al octubre, del invierno al verano,
aúreas enredaderas.
Cuando los campesinos van por la madrugada
a favor de la esteva removiendo el reposo,
se visten una blusa silenciosa y dorada
de sudor silencioso.
Vestidura de oro de los trabajadores,
adorno de las manos como de las pupilas.
Por la atmósfera esparce sus fecundos olores
una lluvia de axilas.
El sabor de la tierra se enriquece y madura:
caen los copos del llanto laborioso y oliente,
maná de los varones y de la agricultura,
bebida de mi frente.
Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos
en el ocio sin brazos, sin música, sin poros,
no usaréis la corona de los poros abiertos
ni el poder de los toros.
Viviréis maloliento, moriréis apagados:
la encendida hermosura reside en los talones
de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados


Miguel Hernández Viento del pueblo
como constelaciones.
Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.


Miguel Hernández Viento del pueblo
[18]
JURAMENTO DE LA ALEGRÍA
Sobre la rojo España blanca y roja,
blanca y fosforescente,
una historia de polvo se deshoja,
irrumpe un sol unánime, batiente.
Es un pleno de abriles,
una primaveral caballería,
que inunda de galopes los perfiles
de España: es el ejército del sol, de la alegría.
Desaparece la tristeza, el día
devorador, el marchitado tallo,
cuando, avasalladora llamarada,
galopa la alegría de un caballo
igual que una bandera desbocada.
A su paso se paran los relojes,
las abejas, los niños se alborotan,
los vientres son más fértiles, más profusas las trojes,
saltan las piedras, los lagartos trotan.
Se hacen las carreteras de diamantes,
el horizonte los perturban mieses
y otras visiones relampagueantes,
y se sienten felices los cipreses.
Avanza la alegría derrumbando montañas
y las bocas avanzan como escudos.
Se levanta la risa, se caen las telarañas
ante el chorro potente de los dientes desnudos.
La alegría es un huerto del corazón con mares
que a los hombres invaden de rugidos,
que a las mujeres muerden de collares
y a la piel de relámpagos transidos.
Alegraos por fin los carcomidos,
los desplomados bajo la tristeza:
salid de los vivientes ataúdes,
paisaje de asesinos.

Digna como una bandera



Miguel Hernández Viento del pueblo
sacad de entre las piernas la cabeza,
caed en la alegría como grandes taludes.
Alegres animales,
la cabra, el gamo, el potro, las yeguadas,
se desposan delante de los hombres contentos.
Y paren las mujeres lanzando carcajadas,
desplegando en su carne firmamentos.
Todo son jubilosos juramentos.
Cigarras, viñas, gallos incendiados,
los árboles del Sur: naranjos y nopales,
higueras y palmeras y granados,
y encima el mediodía curtiendo cereales.
Se despedaza el agua en los zarzales:
las lágrimas no arrasan,
no duelen las espinas ni las flechas.
Y se grita ¡Salud! a todos los que pasan
con la boca anegada de cosechas.
Tiene el mundo otra cara. Se acerca lo remoto
en una muchedumbre de bocas y de brazos.
Se ve la muerte como un mueble roto,
como una blanca silla hecha pedazos.
Salí del llanto, me encontré en España,
en una plaza de hombres de fuego imperativo.
Supe que la tristeza corrompe, enturbia, daña ...
Me alegré seriamente lo mismo que el olivo.


Miguel Hernández Viento del pueblo
[19]
PRIMERO DE MAYO DE 1937
No sé qué sepultada artillería
dispara desde abajo los claveles,
ni qué caballería
cruza tronando y hace que huelan los laureles.
Sementales corceles,
toros emocionados,
como una fundición de bronce y hierro,
surgen tras una crin de todos lados,
tras un rendido y pálido cencerro.
Mayo los animales pone airados:
la guerra más se aíra,
y detrás de las armas los arados
braman, hierven las flores, el sol gira.
Hasta el cadáver secular delira.
Los trabajos de mayo:
escala su cenit la agricultura.
Aparece la hoz igual que un rayo
inacabable en una mano oscura.
A pesar de la guerra delirante,
no amordazan los picos sus canciones,
y el rosal da su olor emocionante
porque el rosal no teme a los cañones.
Mayo es hoy más colérico y potente:
lo alimenta la sangre derramada,
la juventud que convirtió en torrente
su ejecución de lumbre entrelazada.
Deseo a España un mayo ejecutivo,
vestido con la enterna plenitud de la era.
El primer árbol es su abierto olivo
y no va a ser su sangre la postrera.
La España que hoy no se ara, se arará toda entera.

AVANZA E EN MARCHA XA.




Avanza, sempre, non te deteñas













Érguete camiña e afronta.

Aminora a palabra ferintes,

Descubre o feito de vivir a vida,

Fondamente, sen prexuizos,

Respeta aos seres que che rodean,

Aprende daqueles que non te queren,

Eles son os teus verdadeiros mestres,

Non uses o fastidioso odio,

Evita a xenreira ou a envidia,

Avanza forte, con paso firme.

A vida é un longo libro de capítulos diversos,

Pechamos capítulos de anguria e crisis,

Pero de todo elo aprendemos dabondo,

Como vou aprender do que xa está feito,

Como vou coñecer o camiño

Que ainda non pisei.

Avanza sen medo con forza,

Imos pechando capítulos

Di libro da Gran Vida,

Deste fermoso regalo chamado vida,

Érguete e mira para á fronte

Porque a vida, de momento,

Aínda non se detén, e por eso

Avante e en marcha


MIGUEL DUBOIS

lunes, 13 de octubre de 2008

JAMES JOYCE--CARTAS DE AMOR A NORA BERNACLE JA M E S J O Y C E

C A R T A S D E A M O R


A


N O R A B A R N A C L E


J A M E S J O Y C E


Ediciones elaleph.com


Editado por
elaleph.com
Traducido por Felipe Rua Nova
ã 2000 – Copyright www.elaleph.com
Todos los Derechos Reservados



C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
3
PRÓLOGO
In Dublin’s fair city
Where the girls are so pretty
I First set my eyes on sweet Molly Malone
(canción tradicional irlandesa)
En su libro Beyend Culture, Lionel Trilling sostiene
que William B. Yeats, Ezra Pound y James Joyce
son los continuadores de una tradición que venera a
La Mujer. Su lejano antecedente despunta en las
regiones de Provenza, en las instituciones del amor
cortés cuyo código describió Baltazar Castiglione en
El Cortesano.
Dante, podría decirse, no pasa del latín al italiano,
en cierto modo lo inventa para “hacerse enten


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4
der por su amada”; en su obra mayor, excede el código
cortés en tanto Beatriz es una cifra, 9, y debe
“morir” para que él se abra a otra visión; ella y su
lengua son objeto de una misma pasión en la Comedia.
Algo en esto tiene que ver la teología. En su inconcluso
tratado Di Vulgari Eloquentia, Dante explicará
por qué Adán fue quien habló primero en el
Paraíso, en referencia al verbo.
En los modernos no se tratará de cortejar a la
mujer mediante alabanzas retóricas sino de atravesar
un cuerpo en tanto lugar de generación, que para
ellos ostenta en su misma materia un “imposible”
que Mallarmé llamará definitivamente E “le mystere”,
entre la música y las letras.
Neoplatónicos, los poetas corteses colocaban a
la mujer en el lugar de lo imposible, los códigosdesde
la cortesía a la retórica- estipulaban las reglas
donde el amor debía proferirse a media voz. Para
los modernos, lo imposible se desplaza, se inscribe
en el orden de la sexualidad misma, de ahí la continua
deriva, los muchísimos discursos y las innumerables
flexiones entre el cuerpo y el lenguaje.
En las cartas a su mujer Nora Barnacle- corpus
que se debe a su mejor biógrafo, Richard Ellmann-,


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5
fechadas en distintos tiempos- en su mayor parte de
1904 y 1909, las hay también del 11 y 20, en Dublín,
Trieste, Londres, lugares de la errancia de Joyce,
oímos entre idas y vueltas la voz de un escritor que
no fue precisamente un “cortesano” (en la acepción
moderna del término), una de esas excepciones que
pasan una vez por siglo como un meteoro, dirigirse
a la casi iletrada irlandesa de Galway que apenas si
lo leyó literariamente.
En todos los casos se trata de convocar, exhortar,
suscitar algo en ese cuerpo que lo fascina desde
su lejanía, escribirlas es un acto siempre recomenzado,
el mismo Joyce lo explica en texto: “Hay algo
obsceno y lascivo en el propio aspecto de las cartas.
Su sonido es también como el propio acto: breve,
brutal, irresistible y diabólico”. La analogía entre
carta y acto sexual es en él un modo de rodear
cierto imposible, y cada vez que cae en la tentación
de suprimir toda distancia llega a la desesperación.
Al parecer todo gran escritor tiene sus cartas.
Curiosamente- en Flaubert, León Bloy, en Kierkegaard
y Kafka- siempre hallamos del otro lado el
interlocutor más propicio a la obra que se está haciendo,
como si éste fuera un lugar necesario para
cada escritura. Esto no supone una sospecha pueril



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6
de narcisismo. Al contrario: significa que algo pasa
entre unos y otros, que no hay fusión, sino interpelación.
En Joyce no se trata de un diálogo intelectual,
escribe para sobrellevar un fastidio que es el
deseo de ella: “Estoy todo el día excitado. El amor
es un maldito fastidio, especialmente cuando también
está unido a la lujuria”.
“Al igual que muchos otros genios, Blake no se
sentía atraído por las mujeres cultas y refinadas”,
escribe Joyce en su ensayo sobre Blake (1902) y parece
hablar de sí mismo cuando dice que “en su ilimitado
egoísmo, prefería que el alma de su amada
fuera lenta y penosamente creada por él”. En las
cartas, Nora ocupa un lugar de escucha: su palabra
más insignificante tendrá una enorme importancia
para él, como lo afirma en una carta sobre las mismas
cartas.
Kierkegaard con Regina Olsen o Kafka con
Milena tiene abismales diferencias con el autor del
Ulises. Coherente con su concepción del estadio religioso
como superior al ético- el del matrimonio-,
Kierkegaard ha decidido permanecer célibe. En una
carta “ordena” como un escenógrafo el casamiento
de Regina con otro. Kafka en sus cartas teoriza precisamente
su separación. Son, como dice en una,

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7
preparativos para una boda en el campo, siempre
diferida. Uno de sus aforismos, reza: “La amo. Estoy
siempre al acecho para no encontrarla” Joyce
aparece simultáneamente como más romántico y
más realista. Sus cartas son preparativos para una
fuga de Irlanda. Nora acepta partir sin previo casamiento,
tendrá su primer hijo con él sin que todavía
se haya unido legalmente. Recién en 1931 se legaliza
el matrimonio.
Las cartas dicen algo de esto: Joyce quería preservar
la primera imagen que tuvo de Nora a la que
vuelve con insistencia. Verla lo hace hablar de su
alma, que su espíritu era un “ópalo, lleno de matices
y colores inciertos” y se da el lugar de una palabra
de amante para con ella. No es aquí el registro civil
sino el “cortés”- donde la dama es los pensamientos-
lo que remite a Nora. No obstante las acuciantes
necesidades económicas y la incertidumbre de
una residencia, él vuelve a narrar la génesis de su
historia de amor, cuenta que ha sido “tomado”, iniciado
por ella, y esto no es extraño a las voces que
se inflexionan, del suspiro a la demanda de algo, a
los súbitos pasajes que pueden ir de la degradación
del objeto hasta su exaltación más sublime. Joyce se
retracta y recomienza: “¿Crees que estoy algo loco?


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¿O acaso el amor es locura? ¡Un instante te veo como
una virgen y al instante siguiente te veo desvergonzada,
audaz, insolente, semidesnuda y obscena!
¿Qué piensas realmente de mí? ¿Estás disgustada
conmigo?”
Pero, ¿qué es una carta? A diferencia de la literatura,
cuyo criterio de publicidad la enrostra muchas
veces al Señor Todo el Mundo que es, cierto,
nadie y supone el encuentro con un lector singularque
para su obra, al decir de Joyce, debía esperar
cuando menos cien años-, la carta es un género codificado
que remite a formas juramentadas. Los filósofos
del lenguaje hablarían de preformativo,
donde promesa y cumplimiento hacen uno. Para el
que escribe es el lugar de la impotencia o el poder
omnímodo, porque quien la recibe puede dejarla
caer. A través de las cartas Joyce hace sus votos a su
amada, encuentra sus palabras para ella- también la
mudez angustiante, diferente al silencio-, escribiendo
la promesa como cumplimiento.
A Joyce no le gustaba mucho su Irlanda contemporánea.
Se había quebrado el hilo de una tradición
que fue de “santos y de sabios”, cuyo último
representante era para él James Clarence Manganen
1902 le dedica una conferencia en el College de


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9
Dublín, publicada luego como ensayo-, el “poeta
manqué de un país manqué”, en quien ahora “el
nacionalismo histérico encuentra su última justificación”.
En las cartas a Nora, Dublín aparece como la
ciudad del “fracaso, del rencor y la desdicha”. Lo
irlandés se convierte en sinónimo de traición:
“Cuando era más joven tuve un amigo a quien me
di por completo, en cierto sentido más de lo que me
entrego a ti, y en otro sentido menos. Era irlandés,
es decir, me traicionó”. También: “A mí me parece
que aquí pierdo todo el día entre la gente vulgar de
Dublín, a la que odio y desprecio”.
Detestará el nacionalismo trasnochado, y los
motivos no serán políticos. Es sabido de su simpatía
por la causa de Parnell en su juventud bajo la influencia
paterna, mucho de eso se lee en la conferencia
dada por él en Trieste, L’ Ombra di Parnell
(1912), ahí, demuestra a las claras que los irlandeses
se encargarán de hacer lo que no pudieron los ingleses:
devorar a su líder.
En sus escritos de la época de las cartas, también
defiende las reivindicaciones de Irlanda respecto
del imperialismo inglés, critica las posiciones
adoptadas por la Iglesia, pero no deja de hacer refe



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rencia a la serie de reiteradas torpezas que constituyen,
recurren en una historia que tendrá el lugar de
una pesadilla en el Ulises.
A propósito de su polémica con el renacimiento
literario irlandés, Stanislaus Joyce- alude a él en una
de las cartas como el “único hermano capaz de
comprenderme”- recuerda en su libro My Brother’s
Keeper- El Guardián de mi Hermano-informando de
paso con su título que sólo es posible “hablar” de
Joyce asumiendo el lugar de Caín: “La crónica atacaba
el principal dogma a que estaba sujeta la poesía
anglo-irlandesa, la creencia de que el patriotismo
disimula todos los pecados literarios”.
La crónica en cuestión- Un Poeta Irlandés, 1902-
era una nota sobre la poesía de William Rooney,
recientemente fallecido y principal colaborador del
diario United Irishman. En ella está una de las frases
que será clave en el Ulises y hará eco en la historia
de la literatura. En ella leemos que Joyce no era alguien
que se deleitase con ensombrecer a los demás;
Rooney, escribe “hubiera podido escribir bien, si no
hubiera padecido la enfermedad de esas grandes
palabras que tan desgraciados nos hacen”, es su frase
textual. El segundo miembro del argumento es el
que se toma en cuenta y la cosa irá en crescendo,


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11
Joyce se ganará la hostilidad mediocre de otros
contemporáneos. La diferencia estipulada por Yeats
entre nacionalismo literario y poesía patriótica- como
algo demagógico, extraliterario-, era demasiado
débil como para ser entendida en ese contexto. Lo
que rebelaba a Joyce contra esa “histeria nacionalista”
no eran las justas reivindicaciones políticas,
eran el determinismo y el fatalismo árido de una
cultura que se había vuelto exánime tras la muerte
de Mangan, lo molestaba que se colocara por las
nubes lo mismo que debía ser sometido a crítica. Y
en ese sentido era Joyce el que continuaba la tradición
de los santos y los sabios de su isla.
Joyce había sido coherente con su artículo universitario
El Día del Populacho (1901) donde toma
partido contra el giro populista del teatro irlandés.
Su texto fue desautorizado y tuvo que editarlo como
un folleto; ahí, comienza invocando a Giordano
Bruno, con una frase que causa irritación: “Nadie,
dijo el Nolano, puede amar la verdad o el bien si no
aborrece a la multitud”. Las últimas líneas que desliza
pueden leerse como un alegato estético que hablan
de su ética de escritor: “Hasta que no se ha
liberado de las rastreras influencias que lo rodeansórdido
entusiasmo, astutas insinuaciones y halaga



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dor estímulo de la vanidad y las bajas ambiciones,
ningún hombre es artista”. Los artículos anterioressobre
Mangan, el teatro y poesía irlandesa- junto a
su extenso poema El Santo Oficio pueden leerse,
junto a las cartas a Nora, como una tentativa de separación
con una cultura determinada: en este poema
Joyce satiriza a todos los escritores de su país,
incluso a Yeats, a quien admira, porque se apresura
a “satisfacer las frivolidades de sus atolondradas
damas”; afirma que ahí donde otros se han “encogido,
arrastrado y orado”, él permanece sin amigos y
solo, indiferente “como la raspa del arenque”. Lo
hace ahora invocando a Santo Tomás de Aquino en
cuya escuela se ha templado su alma.
Stanislaus contará muchas anécdotas de su hermano
que le presentan como un ser quijotesco. Estamos
en una época previa a la floración de los fascismos y
si en todo lo anterior Joyce afirma la singularidad
del artista; en otro poema satírico, Dooleysprudencia
(1916), reivindica el común sentido del hombre común,
indiferente a los delirios que se preparan; Mr.
Dooley- acaso prefiguración de Bloom- es el hombre
que “no saluda al Estado, ni sirve a Nabucodonosor
ni al proletariado”.


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En cada una de estas tomas de posición- estéticas
y éticas- subyace una política. En su Théorie des
Exceptions, Philippe Sollers refuta la idea de que Joyce
no tuviese preocupaciones políticas, que de un
lado estuviese el arte y la política del otro. Escribe:
“El rechazo de Joyce a abandonarse al menor enunciado
muerto es justamente el acto político mismo”.
En su conferencia “Irlanda, isla de Santos y de Sabios”-
en Trieste, 1907-, ante caracterizaciones peyorativas
de la prensa inglesa, afirma que “los
irlandeses fuera de su país, se convierten muy a menudo
en hombres respetables”.
En esta compleja relación con su patria, de una
y otra manera, volverá siempre a la tierra del Shamrock
(el trébol, símbolo nacional de Irlanda), su
problema es con un estado de lengua y cultura, y no
con el wine dark (vino oscuro) de los homéricos
cielos de Mangan, con sus puertos, Galway, donde
los pescadores se arrodillan mientras el dominico
“sacude el hisopo sobre el mar”, con las calles de
Dublín cuyo derrotero trazará hasta el menor detalle.
Las cartas aparecen como los preparativos de
alguien que no será profeta en su tierra. No es casual
que en una de las pocas grabaciones que se


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conservan de su voz, Joyce refiera a Moisés, se pregunte
qué hubiese acontecido si éste no hubiera
prestado oído a la palabra del éxodo. En una carta
anticipa que un día será alguien importante en su
país. Pero quiere apartarse de la asfixia y presión del
contexto: “Me sentí orgulloso de pensar que mi hijo,
mío y tuyo, este hermoso muchachito que tú me
diste, Nora, será siempre un extranjero en Irlanda,
un hombre que hablará otra lengua y estará educado
en una tradición distinta”.
A través de las lenguas y las cartas, Joyce va firmando
su separación con Irlanda. Es sabido que
también “declara la guerra al inglés” hasta volverlo
irreconocible al gusto anglosajón y puritano, es decir,
que lo suyo no irá a reducirse a un abstracto y
vago internacionalismo. El folklore irlandés, sin raíces,
y el argot, en otro humor, retornan en Finnegans
Wake, monstruo verbal donde las lenguas se sueñan
y analizan unas a otras, remitiendo a un padre
muerto, tanto que el nombre irrumpe en sentido
bíblico de travesía de fronteras, algo irreductible a
cualquier tierra-madre (algunos hablarán de escritura
matricida) En la página 447, leemos: “Burn only
what’s Irish, accepting their coals”. Quema todo lo
que es irlandés, aceptando sus carbones...


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Cosa quemante, los carbones están en el wake, el
tema de la muerte-resurrección que opone al renacimiento
(restaurador) irlandés, en un velorio que es
el despertar de un ancestro, Finnegans, padre
muerto por el cual la escritura elabora un duelo que
hoy ninguna comunidad puede llevar a cabo, habida
cuenta del cierre simbólico que imponen una sola
lengua y un solo estado de cultura, naturalizados
como lo propio.
Entre esos carbones, Nora resplandece como la
brasa ardiente que es su nombre. El lector puede
comprobar en la carta que refiere a la mudez que
surge entre ambos, que él ha extraviado el códigolo
que queda de sus reglas “corteses”-, y esto ocurre
cuando rodea su nombre, Nora, se le revela la imposibilidad
de escribirlo de una vez y para siempre:
“¿qué es lo que me lo impide, a no ser que ninguna
palabra es lo bastante tierna para ser tu nombre?”.
Por eso las cartas girando en torno de ese nombre,
son pródigas en antífrasis y antítesis, donde Joyce
expresa a veces lo contrario de lo que piensa o desea.
En esta trama podría aseverarse, parafraseando
las cartas de León Bloy: él es la inteligencia y ella el
pudor.


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Sensible inteligencia donde lo erótico, entre la
palabra y el acto, rompe en la frase el delgado hilo
de veneración cortés en que se apoya: “Mi amor me
permite rogar al espíritu de la belleza y ternura eternas
reflejadas en tus ojos, o revolcarte en el suelo...”
Los papeles de Nora están distribuidos en las
mismas cartas, por ejemplo, el de iniciadora:
“Cuando otros cuentan en mi presencia historias
obscenas o lujuriosas sonrío apenas. A pesar de eso,
parece que tú me conviertes en una bestia. Fuiste tu
misma, tú, pícara muchacha desvergonzada, quien
primero me enseñó el camino...”
Una carta sucede a otra, reaparecen los celos- el
recuerdo lacerante de haberla sorprendido besándose
con otro-, los reproches, las correlativas retractaciones,
las dudas sobre su paternidad- “¿Es Giorgio
mi hijo?”-, junto a los problemas de subsistencia y
residencia una derrota en una carrera de caballos. El
fetichismo- incluso- que lo hace pedirle que ni las
lavanderas vean su ropa interior- porque son cosas
secretas, secretas, secretas- y confesiones de su autocastigo:
“Olvídame a mí y mis palabras vacías. Regresa
a tu propia vida y déjame ir solo a mi ruina. No es
bueno para ti vivir con una bestia vil como yo, o
permitir que mis manos toquen a tus niños”.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
17
La sensibilidad y sensualidad católica de Joyce
están en la brasa ardiente de estas cartas; él, que
como bien se ha dicho, tenía a la teología como
materia principal de sus pensamientos, al dirigirse a
ella, piensa que todo puede ser dicho, incluso que
no hay todo, ni el deseo ni el dolor se reprimen en
tanto cosas despreciables como sucede en el puritanismo,
encuentran un acento viril en este solista de
las mil voces.
De ahí la confesión humilde de su orgullo: “Te
he dicho cosas que mi orgullo no me permitirá decir
nunca más a ninguna mujer”.
Pero ella no responde siempre, la imaginamos
sonriendo, con esa sonrisa deseada (disiato riso) que
Paolo quiere besar para descubrir que la sonrisa no
es la boca sino más bien su mirada y que en el canto
quinto del Paraíso es una estrella que cambia y sonríe:
Beatriz.
Por eso Joyce puede abandonarse, hablar como
la criatura que sus libros no permiten imaginar:
“¿Me quieres, verdad? Ahora debes tomarme en tu
seno y protegerme, y quizás apiadarte de mis pecados
y locuras y conducirme como un niño”.
Cuando Joyce le confiesa que ella estaba en sus
primeros poemas ese nombre resuena en la vía lác




J A M E S J O Y C E
18
tea de un firmamento literario poblado de agujeros
negros. Las cartas no son sino un eco más de una
obra en proceso, en ellas se dirime la disyuntiva
postulada por Yeats entre ser hombre y ser poeta.
A un lado del espejo, común al hombre, a Joyce,
a Fausto-”yo soy el espíritu que siempre niega”-, las
simetrías tradicionales invitan a un silencio ya comentado,
pero al otro lado, una voz de mujer, la del
libro que está naciendo se fragmenta para enunciar:
“yo soy la carne que dice sí”. Es Molly Bloom o la
cantidad hechizada- nombrada- la vita nuova de un
goce nuevo.
Las cartas tocan a término en 1920. Un año
después aparecerá el Ulises que palpita como una
inminente explosión en las cartas, y 1939 en Finnegans
Wake, obra que su autor consideró más importante
que la segunda guerra mundial.
LUIS THONIS


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
19
CARTAS
15 de junio de 1904
60 Shelbourne Road
Debo estar ciego. Durante largo rato estuve mirando
una cabeza de cabello castaño rojizo y después
decidí que no era la suya. Volví a casa muy
abatido. Me gustaría concertar una cita, pero quizás
no sea conveniente para usted. Espero que sea tan
amable de fijarla usted misma, si es que no me ha
olvidado.
James A. Joyce


J A M E S J O Y C E
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8 de julio de 1904
[Dublín]
Pequeña Nora iracunda, (no) puedo encontrarte
esta noche, pues tengo que ir a Sandymount donde
cierto italiano desea verme. Espérame en la esquina
de Merrion Square mañana a las ocho y media. Adiós,
querida cabecita castaña.
J.A.J.



C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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[¿12 de julio de 1904?]
60 Shelbourne Rd., Dublín
Mi querida Lindos Zapatitos Marrones, olvidé
que mañana (miércoles) no puedo verte, pero sí el
jueves a la misma hora. Espero que pongas mi carta
en la cama debidamente. Tu guante a mi lado toda
la noche está sin abotonar; por otra parte, se comporta
muy decentemente como Nora. Por favor, quítate
ese corsé, pues no me gusta abrazar un buzón.
¿Oyes ahora? (Ella se echa a reír) Mi corazón, como
dices, sí, de acuerdo.
Un beso de veinticinco minutos en tu cuello.
AUJEY


J A M E S J O Y C E
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21 de julio de 1904
60 Shelbourne Rd.
Querida Nora, perdóname por el papel. Dado
que intercambio no es robo, acepta, por favor, ésta.
¿Nos veremos mañana por la tarde a las ocho y media?
Espero que mi carta duerma bien toda la noche.
El guante se comporta mejor todavía.
AUJEY


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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[¿Finales de julio de 1904?]
60 Shelbourne Road, Dublín
Mi iracunda Nora, te dije que te escribiría. Ahora
me escribes y me preguntas qué demonios me
pasaba la otra noche. Estoy seguro de que algo anduvo
mal. Me mirabas como si estuvieras triste por
algo que no había ocurrido, y que habría podido
gustarte mucho. Desde entonces he tratado de consolarme,
pero no lo consigo. ¿Dónde estarás el sábado,
el domingo, el lunes por la noche, para que
no pueda verte? Ahora, querida, adiós. Beso el milagroso
hoyuelo de tu cuello. Tu Hermano Cristiano
en la lujuria.


J A M E S J O Y C E
24
La próxima vez, cuando vengas, deja tu enojo
en casa... y también el corsé.
J.A.J.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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[¿Finales de julio de 1904?]
[Dublín]
Mi querida Nora, anoche, mientras paseaba, me
encontré suspirando y recordé una vieja canción
escrita hace trescientos años por el rey inglés Enrique
VIII, un rey lujurioso y brutal. La canción es
tan dulce y fresca y parece haber salido de un corazón
tan inocente y apenado que te la envío y espero
que te guste. Es extraño cómo los ángeles inspiran
espíritu de belleza en tales lodazales. Las palabras
expresan muy delicada y musicalmente la vaga y fatigada
soledad que siento. Es una canción escrita
para laúd.
JIM



J A M E S J O Y C E
26
Canción (para música)
Ah, the sighs that come
from my heart
They grieve me passing sore!
Sith I must from my love depart
Farewell, my joy, for
evermore.
I was wont her to behold
And clasp in armes twain.
And now with sighes
manifold
Farewell my joy
welcome pain!
Ah methinks could I yet
(As would to God I might!)
There would no joy
compare with it
Unto my heart to make it
light.
Henry VIII*


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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*(¡Oh, los suspiros que salen de mi corazón
me apenan con su dolor!
Pues debo abandonar a mi amor
Adiós para siempre, mi alegría.
Solía contemplarla
Y en mis brazos tenerla
Y ahora me lleno de suspiros
¡Adiós mi alegría y bienvenido el dolor!
Oh, me parece que si aún pudiera
(Dios podría, si quisiera)
Comparado con ello no habría alegría
Que iluminara mi corazón.
Enrique VIII)


J A M E S J O Y C E
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Matasellos del 2 de agosto de 1904
(Tarjeta Postal)
[Dublín]
Down by, the sally gardens my love and I did meet
She paced the sally gardens with little snow-white
feet;
She bade me take love easy as the leaves grow on
the tree
But I, being young and foolish, with her would not
agree.
In a field by the river my love and I did stand
And on my leaning shoulder she laid her snowwhite
hand.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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She bade me take love easy as the grass grows on
the weirs, But I was young and foolish and now am
full of tears
W.B. Yeats*
*(Abajo, en los alegres jardines nos encontramos mi
amor y yo Ella recorría los alegres jardines con sus
puros piececitos
Me ofreció tomar el amor fácilmente como las hojas
crecen en el árbol.
Pero yo, joven y alocado, no estaba de acuerdo con
ella.
En un campo junto al río permanecimos mi amor y
yo
Y en mi hombro acogedor apoyó su mano pura.
Me ofreció tomar el amor fácilmente como la hierba
crece en las veredas.
Pero yo era joven y alocado y ahora estoy lleno de
lágrimas.
W.B. Yeats)


J A M E S J O Y C E
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3 de agosto de 1904
60 Shelbourne Road
Querida Nora, ¿estarás “libre” esta noche a las
ocho y media? Espero que así sea, porque he tenido
tantas preocupaciones que necesito olvidarlo todo
en tus brazos. Así que ven si puedes. En virtud de
los apostólicos poderes investidos en mí por su
Santidad el Papa Pío Décimo, por la presente te doy
permiso para venir sin faldas para recibir la Bendición
Papal que estaré encantado de proporcionarte.
Tuyo en el Judío Agonizante.
VINCENZO VANNUTELLI
(Diácono Cardenal)




C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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Alrededor del 13 de agosto de 1904
[Dublín]
Mi querida Nora, te mando un boceto mío
(“Stephen Dedalus”) que puede interesarte. Creo
que en todo el día no hubo en mi cabeza más que
un pensamiento.
J.A.J.

J A M E S J O Y C E
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15 de agosto de 1904
60 Shelbourne Road
Mi querida Nora. Acaba de sonar la una. Llegué
a las once y media. Desde entonces estoy sentado
como un tonto en un sillón. No puedo hacer nada.
No oigo otra cosa que tu voz. Estoy como un tonto
oyéndote decirme “Querido”. Hoy ofendí a dos
personas al abandonarlas descaradamente. Deseaba
oír tu voz, no la suya.
Cuando estoy contigo me despojo de mi naturaleza
desconfiada y despectiva. Ahora desearía
sentir tu cabeza en mi hombro. Creo que me voy a
ir a la cama.
He estado media hora escribiendo esto. ¿Me escribirás
algo tú? Espero que lo hagas. ¿Cómo firma


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
33
ré? No firmaré nada en absoluto, pues no sé cómo
hacerlo.


J A M E S J O Y C E
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26 de agosto de 1904
60 Shelbourne Road
Querida Nora, espero que aceptes esto. Mr.
Cosgrave se encontrará contigo mañana (sábado)
por la tarde, a las siete y media. Probablemente no
oirás nada maravilloso sobre mí, pues estará nervioso.
Espero que esta semana no acabe contigo.
¡Cuánto tiempo desde la última vez que te vi!
J.A.J.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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29 de agosto de 1904
60 Shelbourne Road
Querida Nora, acabo de terminar mi almuerzo;
no tenía apetito. Cuando estaba por la mitad me di
cuenta de que estaba comiendo con los dedos. Me
sentí mal como la otra noche. Estoy muy angustiado.
Perdona esta pluma horrible y este papel tan
feo.
Anoche debo haberte apenado por lo que dije,
pero seguramente será bueno que conozcas cómo
pienso sobre gran parte de las cosas. Mi razón rechaza
la totalidad del actual orden social, así como
el cristianismo-hogar, las virtudes reconocidas, clases
en la vida y doctrinas religiosas. ¿Cómo podría
atraerme la idea del hogar? Mi hogar fue simple


J A M E S J O Y C E
36
mente uno de clase media arruinado por los hábitos
derrochadores que he heredado. A mi madre la
mataron lentamente, pienso, los malos tratos que le
daba mi padre, los años de sufrimiento y la cínica
franqueza de mi proceder. Cuando miré su cara, en
el ataúd, una cara gris y consumida por el cáncer,
comprendí que estaba viendo la cara de una víctima,
y maldije el sistema que la había hecho su víctima.
En la familia éramos diecisiete. Mis hermanos y
hermanas no son nada para mí. Sólo un hermano es
capaz de comprenderme.
Hace seis años dejé, con un odio ferviente, la
Iglesia Católica. Me fue imposible permanecer en
ella contrariando los impulsos de mi naturaleza.
Cuando era estudiante hice contra ella una guerra
secreta y decliné aceptar las posiciones que se me
ofrecían. Al hacerlo me convertí en un mendigo,
pero conservé mi orgullo. Ahora mantengo a través
de una guerra abierta lo que escribo, digo y hago.
No puedo ingresar en el orden social si no es como
vagabundo. Empecé a estudiar medicina tres veces,
una vez leyes, una vez música. Hace una semana me
estaba preparando para salir como actor ambulante.
No pude poner mucho ánimo en el plan, porque tú
tironeabas en sentido contrario. Las dificultades


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
37
actuales de mi vida son increíbles, pero las desprecio.
Anoche, cuando te fuiste, deambulé hacia
Grafton St., donde permanecí fumando largo tiempo
apoyado en un farol. La calle estaba llena de una
animación en la que vertí un torrente de mi juventud.
Mientras permanecía allí recordé unas frases
que escribí hace algunos años cuando vivía en París,
las frases son, “Pasan de a dos y de a tres entre la
animación del bulevar, paseando como gente desocupada
en un lugar iluminado para ellas. Están en la
pastelería charlando, comiendo dulces o sentadas
silenciosamente en una mesa de una terraza; o descendiendo
de carruajes con un revuelo de vestidos,
suave como la voz del adúltero. Pasan con una brisa
de perfumes. Bajo los perfumes sus cuerpos tienen
un cálido olor húmedo”.
Mientras me estaba repitiendo esto me di cuenta
de que la vida aún me esperaba, si es que decidía
entrar en ella. Quizás. no podría embriagarme como
lo había hecho alguna vez, pero aún estaba allí y,
ahora que soy más juicioso y me controlo más, era
inofensiva. No haría preguntas, no esperaría nada
de mí, excepto unos momentos de mi vida, dejando
libre el resto y me prometería el placer a cambio.


J A M E S J O Y C E
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Pensé en todo esto y lo rechacé sin remordimiento.
Era inútil para mí; no podría darme lo que yo esperaba.
Creo que has malinterpretado algunos pasajes
de una carta que te escribí, y he observado cierta
reserva en tu actitud, como si el recuerdo de aquella
noche te turbara. Sin embargo, yo lo considero como
una especie de sacramento, y su recuerdo me
llena de una asombrosa alegría. Quizás no comprendas
enseguida por qué motivo te respeto tanto
por ello, pues no conoces aún mucho sobre mi manera
de pensar. Pero al mismo tiempo fue un sacramento
que me dejó un gusto final de pena y
abatimiento, pena porque vi en ti una extraordinaria
y melancólica ternura que había tomado este sacramento
como un compromiso; y abatimiento porque
comprendí que, a tus ojos, yo era inferior a una
convención de nuestra sociedad actual.
Anoche te hablé sarcásticamente, pero hablaba
del mundo, no de ti. Soy enemigo de la bajeza y esclavitud
de la gente, no de ti. ¿No puedes advertir la
sencillez que hay detrás de todos mis disfraces? Todos
llevamos una máscara. Cierta gente que sabe
que estamos muy unidos suele increparme. Los escucho
con calma, desdeñando responderles, pero su



C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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última palabra agobia mi corazón como a un pájaro
la tormenta.
No es agradable para mí tener que ir ahora a la
cama recordando la última mirada de tus ojos, una
mirada de cansada indiferencia, y la tortura de tu
voz la otra noche. Creo que ningún ser humano ha
estado nunca tan cerca de mi alma como tú lo estás,
y, sin embargo, aún puedes interpretar mis palabras
con lastimosa descortesía (“Sé de lo que está hablando
ahora”, dices) Cuando era más joven tuve
un amigo a quien me di por completo, en cierto
sentido más de lo que me entrego a ti, y en otro
sentido menos. Era irlandés, es decir, me traicionó.
No he dicho ni una palabra de lo que quería decir,
pero escribir con esta maldita pluma es un trabajo
duro. No sé qué pensarás de esta carta. Por
favor, escríbeme Nora querida, ¿lo harás?, te respeto
mucho, créeme, pero quiero algo más que tus caricias.
Me has dejado de nuevo con una duda angustiosa.
J.A.J.

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[Alrededor del 1° de septiembre de 1904]
7 S. Peter’s Terrace, Cabra, Dublín
Mi amor, esta mañana estoy de tan buen humor
que insisto en escribirte lo mismo, te guste o no. No
tengo nada nuevo que contarte excepto que anoche
le hablé a mi hermana de ti. Fue muy divertido.
Dentro de media hora voy a ver a Palmieri, que
quiere verme para que estudie música, y pasaré
frente a tu ventana. Me gustaría que estuvieras allí.
También me gustaría si estás allí poder verte. Probablemente
no.
¡Qué mañana tan hermosa! Me alegra decir que
esa calavera no me molestó anoche. ¡Cuánto odio a
Dios y a la muerte! ¡Cuánto amo a Nora! Con lo


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
41
piadosa que eres, seguro que te impresionaran estas
palabras.
Esta mañana me levanté temprano para terminar
un relato que estaba escribiendo. Cuando había
escrito una página decidí, en cambio, escribirte a ti.
Además, pensé que no te gusta el lunes y que una
carta mía te animaría el espíritu. Cuando soy feliz
tengo un loco deseo de contárselo a todas las personas
que encuentro, pero lo sería muchísimo más
si me dieras uno de esos sonoros besos que te gusta
darme. Me recuerdan el canto de los canarios.
Espero que esta mañana no tengas ese horrible
dolor. Ve a ver al viejo Sigerson para que te recete
algo. Lamentarías oír que mi tía abuela se está muriendo
de estupidez. Recuerda que en estos momentos
tengo trece cartas tuyas.
Asegúrate de dar ese peto de dragón a Miss
Murphy, y creo que también podrías regalarle un
uniforme completo de dragón. ¿Por qué llevas estas
malditas cosas? ¿Has visto alguna vez a los hombres
que van en los coches de Guinnes, con enormes
abrigos con frisos? ¿Intentas parecerte a uno de
ellos?
Eres tan obstinada que es inútil que te hable.
Debo contarte de mi sobrino Stannie. Está sentado


J A M E S J O Y C E
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semivestido en la mesa, leyendo un libro y diciéndose
a sí mismo en voz baja, “Maldito tipo”, el autor
del libro, “En nombre del diablo, quién dijo que
este libro era bueno”, “¡El loco estúpido de pelo
rizado!”, “Creo que los ingleses son la raza más estúpida
de esta tierra de Dios”, “Maldito inglés”, etc.,
etc.
Adieu, mi querida Nora ingenua, sensible, de
voz profunda, soñolienta, impaciente. Cien mil besos.
JIM

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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10 de septiembre de 1904
The Tower, Sandycove
Querida, querida Nora mía, supongo que desde
anoche habrás estado intranquila. No te hablaré de
mí, pues me siento como si hubiera actuado muy
cruelmente. En cierto sentido no tengo ningún derecho
a esperar que me mires como algo más que el
resto de los hombres; de hecho no tengo absolutamente
ningún derecho a ello teniendo en cuenta mi
vida. Pero, a pesar de todo, creí haberlo esperarlo,
aunque sólo fuera porque yo nunca miré a otra como
te miro a ti. También hay en mí algo un poco
diabólico que hace que me divierta desarticulando
las ideas que la gente tiene de mí, y demostrándoles
que, en realidad, soy egoísta, orgulloso, astuto e indiferente.
Lamento que mi intento de anoche, de



J A M E S J O Y C E
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actuar según lo que creía correcto, te haya entristecido
tanto, pero no veo cómo podría haberlo hecho
de otro modo. Te escribí una larga carta explicándote,
del mejor modo posible, cómo me sentí esa
noche, y me pareció que despreciabas lo que te decía
y me tratabas como si fuera simplemente un
compañero accidental en celo. Quizás te quejarás de
la brutalidad de mis palabras, pero créeme, tratarme
de esta manera, por lo que respecta a mi actitud hacia
ti, es deshonrarme. ¡Por Dios, eres una mujer y
puedes comprender lo que digo! Sé que te has portado
de la manera más noble y generosa conmigo,
pero piénsalo y contesta mi franqueza con la misma
franqueza. Sobre todo no vayas a darle demasiadas
vueltas, pues podrías enfermarte y tu salud es delicada.
Quizás incluso puedas enviarme esta noche
cuatro líneas para decirme si me perdonas por todo
el dolor que te he causado.
JIM


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12 de septiembre de 1904
The Tower, Sandycove
Querida Nora, es una mañana tan espantosa que
creo que esta noche no podremos reunirnos. Aquí
está lloviendo a cántaros y el mar se precipita contra
las rocas. Me gustaría sentarme junto al fuego, pero
tengo que ir pronto a la ciudad para ver a Mr. Cosgrave.
Es posible que por la tarde haga buen tiempo
y, si es así, te esperaré, pero no vengas a menos que
mejore. Espero que te sientas cada día mejor. ¿Has
encontrado aquel lugar en el mapa? Si no nos vemos
esta noche, mañana a las ocho.
JIM


J A M E S J O Y C E
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16 de septiembre de 1904
103 North Strand Road, Fairview
Queridísima Nora, escribir cartas se está convirtiendo
en algo imposible entre nosotros. ¡No sabes
cómo detesto estas frías palabras escritas! Creí
que no me importaría no verte hoy, pero resulta que
las horas se hacen demasiado largas. Es como si
ahora mi cerebro estuviera vacío. Mientras te esperaba
anoche, estaba aún más inquieto. Me parecía
que estaba librando por ti una batalla contra todas
las fuerzas religiosas y sociales de Irlanda, y que no
podía confiar en nada sino en mí mismo. Aquí no
hay ninguna vida, naturalidad ni honestidad. La
gente vive junta en las mismas casas durante toda su
vida y al final están tan distanciadas como siempre.



C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
47
¿Estás segura de no estar equivocada respecto a mí?
Recuerda que contestaré honrada y fielmente cualquier
pregunta que me hagas. Pero si no tienes nada
que preguntarme, también te comprenderé. Me llena
de orgullo y alegría el hecho de que puedas elegir
permanecer a mi lado de este modo en esta arriesgada
vida. Espero que no rompas hoy con todo tu
pasado. Quizás puedas percibir la lentitud de la próxima
mañana escribiéndome una carta. Hace sólo
una semana, dijiste, desde que tuvimos nuestra famosa
charla sobre las cartas, ¿y acaso no nos hemos
acercado tanto el uno al otro debido a estas cosas?
Querida Nora, permíteme decirte cuánto deseo que
tú compartas toda dicha que yo pueda tener y que
estés segura de mi gran respeto por tu amor, que
deseo merecer y corresponder.
JIM


J A M E S J O Y C E
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[¿18 de septiembre de 1904?]
[Dublín]
Queridísima Nora, tanto ha sido el placer de
anoche que hoy me persigue la inquietud. Desearía
oírtelo decir cien veces. ¿Cómo puedes pensar que
no aprecio nada? Quizás sea debido a mi buen
amor. La vida me ha hecho reservado en lo que digo,
pero no debes desanimarte. Anoche soñé contigo.
Y este es el motivo de que escriba esta carta.
Deseo simplemente estar contigo. Espero ver a mi
hermano aproximadamente dentro de una hora para
decírselo. En este momento he recibido una carta
que esperaba, pero no sabré definitivamente nada
hasta dentro de unos días. Esta noche a las ocho y
media.
JIM


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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19 de septiembre de 1904
103 North Strand Road. Fairview
Carissima, sólo después de haberte dejado percibí
el malestar que te había producido mi pregunta
“¿es rica tu familia?”. Sin embargo, lo que pretendía
era saber si conmigo estarías privada de las comodidades
a las que te hubieras acostumbrado en tu casa.
Después de pensar un buen rato, encontré la solución
a tu otra pregunta, la de que estabas indecisa
entre vivir en el colegio o fuera de él. Anoche dormí
muy, muy mal, me desperté cuatro veces. Me preguntas
que por qué no te quiero, pero debes saber
con certeza que te tengo mucho cariño, y si desear
poseer totalmente a una persona, admirarla y honrarla
profundamente e intentar asegurar su felicidad,
en algún sentido es “amor”, entonces mi afecto qui


J A M E S J O Y C E
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zás sea una suerte de amor. Tu alma me parece la
más hermosa y sencilla del mundo, y debe ser porque
tengo conciencia de esto cuando te miro, que
mi amor o afecto por ti pierde gran parte de su violencia.
Traté decirte que si tu familia te hace la más mínima
insinuación, debes dejar el Hotel de una vez y
enviarme un telegrama (a esta dirección) para decirme
dónde puedo verte. Naturalmente tu familia
no puede impedir que te vayas si lo deseas, pero te
puede hacer desagradables las cosas. Hoy tengo que
ver a mi padre, y probablemente permaneceré en su
casa hasta que abandone Irlanda, por lo tanto, si
escribes, hazlo allí.
La dirección es 7 S. Peter’s Terrace, Cabra, Dublín.
Adiós entonces, querida Nora, hasta mañana
por la tarde.
JIM


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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26 de septiembre de 1904
7 S. Peter’s Terrace, Cabra, Dublín
Queridísima Nora, no puedo ocultarte lo desolado
que me siento desde anoche. Con mi manera
usual de ver las cosas pensaba que me había resfriado,
pero estoy seguro de que es algo más que una
enfermedad física. ¡Qué necesarias son las pequeñas
palabras entre nosotros! Parece como si ya nos conociéramos,
a pesar de que no nos decimos nada
durante horas. A veces me pregunto si te das cuenta
realmente de lo que tienes que hacer. Cuando estoy
contigo pienso tan poco en mí mismo que a menudo
dudo si te das cuenta. Tu simple recuerdo me
embarga con una especie de pálido sueño. Parece
que últimamente me ha abandonado la energía que
se necesita para conversar, y a menudo me encuen



J A M E S J O Y C E
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tro deslizándome hacia el silencio. En cierta forma
me apena que no nos hablemos más el uno al otro,
y, sin embargo, también sé lo vano que es para mí
poner reparos tanto a ti como a mí mismo, pues sé
que cuando nos encontremos de nuevo nuestros
labios permanecerán mudos. Como ves, empiezo a
ser indiscreto en estas cartas. Y sin embargo, ¿por
qué debo avergonzarme de las palabras? ¿por qué
no debo llamarte tal como en mi corazón continuamente
te llamo? ¿qué es lo que me lo impide, a
no ser que ninguna palabra es lo bastante tierna
como para ser tu nombre?
Si tienes tiempo, escríbeme.
JIM

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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29 de septiembre de 1904
Fiesta de San Miguel
7 S. Peter’s Terrace, Cabra, Dublín
Queridísima Nora, ya escribí a la gente de Londres
para comunicarles que tú aceptabas el ofrecimiento.
No me gusta la idea de Londres y estoy
seguro de que a ti tampoco te gustará, pero por otra
parte está camino de París y es quizás mejor que
Ámsterdam. Además tengo algunos asuntos en
Londres que pueden resolverse mejor en persona.
Igualmente siento mucho que tengamos que empezar
en Londres. Quizás pueda ir directamente a París.
Espero que sea así.
Más tarde estuve hablando con Mr. Cosgrave,
descubrí que lo he agraviado involuntariamente.
Parece haber creído lo que te dijo. Por consiguiente


J A M E S J O Y C E
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no le comuniqué tu consejo acerca de cómo lleva la
cabeza. Mr. Cosgrave es lo que se llama un hombre
“muy formal”, y siempre ve las cosas desde el punto
de vista más sensible.
A veces nuestra aventura me parece casi divertida.
Me divierte pensar en el efecto que las noticias
causarán en mi círculo. Sin embargo, cuando estemos
instalados sin peligro en el barrio latino podrán
hablar cuanto quieran.
No me gusta la idea de pasar el día sin verte, la
última noche apenas cuenta. Espero que seas más
feliz ahora que realmente el barco toca su sirena
para nosotros. Me pediste que te escribiera una
carta, pero en realidad odio escribir, es una manera
poco satisfactoria de transmitir las cosas. Al mismo
tiempo recuerda que espero que me escribas si puedes.
Ahora, mientras leo esta carta, descubro que no
he dicho nada. Sin embargo puedo enviarla, desde el
momento en que tal vez mitigue el aburrimiento de
tu tarde.
El sol aquí brilla helado a través de los árboles
del jardín. En la capilla, el cura acaba de tocar el Ángelus.
Mi hermano me está sonriendo desde el otro
lado de la mesa. Ahora, si puedes, haz tu misma mi
retrato.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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Adieu donc, querida.
JIM



J A M E S J O Y C E
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[¿diciembre de 1904?]
Caffé Miramar, Pola, Austria
Querida Nora, por el amor de Dios, que nada
impida que esta noche seamos felices. Por favor,
dime si hay algo que está mal, ya estoy empezando a
temblar y si no me miras pronto como antes, tendré
que caminar arriba y abajo del café. Esta noche no
puede molestarme nada de lo que hagas. Nada podrá
hacerme sentir desgraciado. Cuando vayamos a
casa te besaré cien veces. ¿Te ha molestado este
compañero o te molesté yo mismo?
JIM

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
57
Matasellos del 29 de julio de 1909
Tarjeta Postal
44 Fontenoy Street, Dublín
Anoche llegamos aquí sin novedad.
Lo primero que vi en el muelle de Kingstown
fue la ancha espalda de Gogarty, pero lo eludí.
Todos están encantados con Georgie, especialmente
Poppie.
Escribe a una de las muchachas dándole las
instrucciones sobre él.
Con mi amor para Lucía.
JIM

J A M E S J O Y C E
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6 de agosto de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Nora, ni yo ni Giorgio vamos a ir a Galway.
Voy a renunciar a los asuntos por los que vine y
que esperaba que pudieran mejorar mi posición.
He sido sincero en lo que te he dicho de mí. Tú
no lo has sido conmigo.
Cuando solía encontrarte en la esquina de Merrion
Square y pasear contigo y sentir tu mano tocarme
en la oscuridad y oír tu voz (¡Oh, Nora!
Nunca oiré otra vez esa música, pues nunca volveré
a confiar), cuando te encontraba noche por medio tenías
una cita frente al Museo con un amigo mío,
ibas con él por las mismas calles, siguiendo el canal,
pasada la “casa de las escaleras”, a lo largo de la ori


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
59
lla del Dodder. Te quedabas con él: él te rodeaba
con su brazo y tú inclinabas tu cara y le besabas.
¿Qué otra cosa hacían juntos? iY a la noche siguiente
me encontrabas!
Lo he oído de sus labios hace sólo una hora.
Mis ojos estaban llenos de lágrimas, lágrimas de
tristeza y mortificación. Mi corazón, lleno de amargura
y desesperación. Sólo veo tu rostro al inclinarse
para encontrarse con el otro. Oh, Nora, compadécete
por lo que ahora estoy sufriendo. Lloraré
días enteros. Se ha roto mi fe en el rostro que amaba!
Oh, Nora, Nora, apiádate de mi pobre desdichado
amor. No puedo llamarte con ningún
nombre querido pues anoche supe que el único ser
en quien creía no me era fiel.
¿Se ha acabado todo entre nosotros, Nora?
Nora, escríbeme, en consideración a mi amor
muerto. Los recuerdos me atormentan.
Escríbeme, Nora, te amaba: y tú has roto mi fe
en ti.


J A M E S J O Y C E
60
Oh, Nora, soy desdichado: Lloro por mi desgraciado
amor.
Escríbeme, Nora.
JIM


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
61
7 de agosto de 1909
44 Fontenoy Street
Son las seis y media de la mañana y hace frío
mientras escribo. Apenas he dormido en toda la
noche. ¿Es Giorgio hijo mío? La primera noche que
dormí contigo en Zurich fue el 11 de octubre y él
nació el 27 de julio. Esto hace nueve meses y diecisiete
días. Recuerdo que aquella noche hubo muy
poca sangre... ¿Te habías acostado con alguien antes
de hacerlo conmigo? Me habías contado que un
cierto Hallohan (un buen católico, claro, cumpliendo
siempre sus deberes de Semana Santa) quería
tenerte, cuando estabas en el hotel, usando lo que
llaman un “condón”. ¿Llegó a hacerlo? ¿O le per


J A M E S J O Y C E
62
mitiste sólo que te acariciara y te tocara con sus manos?
Dime. Cuando estabas con el otro (un “amigo”
mío) en aquel prado cerca del Dodder (las noches
en que yo no estaba allí), ¿estabas tendida cuando lo
besabas? ¿Le pusiste tu mano como hiciste conmigo
en la oscuridad y le dijiste como a mí, “qué es esto,
cariño”? Un día caminé arriba y abajo por las calles
de Dublín sin oír otra cosa que estas palabras, repitiéndolas
una y otra vez y permaneciendo quieto
para escuchar mejor la voz de mi amor.
¿Qué pasará ahora con mi amor? ¿Cómo voy a
ahuyentar el rostro que aparecerá ahora entre nuestros
labios? ¡Noche por medio en las mismas calles!
He sido un loco. Siempre creí que sólo te dabas
a mí, y estabas dividiendo tu cuerpo entre el mío y
el de otro. Aquí en Dublín circula el rumor de que
yo he recogido las sobras de otro. Quizás se ríen
cuando me ven pasar con mi hijo por las calles.
¡Oh, Nora! ¡Nora! ¡Nora! Ahora estoy hablando
a la muchacha que amé, que tenía el pelo castaño
rojizo, y que se acercó tranquilamente a mí, me tomó
entre sus manos y me hizo un hombre.

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
63
Marcharé a Trieste tan pronto como Stannie me
mande el dinero, y luego veremos qué es lo mejor
que podemos hacer.
Oh, Nora, ¿hay alguna esperanza para mi felicidad?
¿Quedará mi vida destrozada? Aquí dicen que
me estoy consumiendo. Si pudiera olvidar mis libros
y mis hijos, olvidar que la muchacha que amé me
era infiel, y recordarla sólo como la vi con los ojos
de mi amor juvenil, me iría contento de la vida.
¡Qué viejo y miserable soy!
JIM


J A M E S J O Y C E
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19 de agosto de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín.
Querida mía, estoy terriblemente preocupado
por lo que has escrito. ¿Estás enferma?
Conversé con Byrne, un amigo mío, sobre este
asunto y se ha puesto de tu lado espléndidamente.
Dice que todo es una “condenada mentira”.
¡Qué tipo tan despreciable soy! Pero después de
esto seré digno de tu amor, querida.
Hoy te mandé tres paquetes grandes de cacao.
Dime si te llegan bien.
Mi hermana Poppie parte mañana.
Hoy he firmado un contrato para la publicación
de Dubliners.
Dale mis disculpas a Stannie por no escribirle.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
65
Mi dulce y noble Nora, te ruego que me perdones
por mi indigno comportamiento, pero ellos me
enloquecieron. Venceremos su cobarde conjura,
amor mío. Perdóname, cariño, ¿lo harás?
Querida, dime sólo una palabra, sólo una, para
desmentir todo y la alegría me transportará.
¿Estás bien, cariño? ¿No estarás molesta? No
leas más esas horribles cartas que te escribí. Entonces
la rabia me puso fuera de mí.
Debo ir a la Administración General de Correos
para mandarte esta carta, pues el correo de aquí ya
salió: es más de la una de la madrugada.
¡Buenas noches, “preciosa mía”!
Creo que ningún hombre puede ser nunca digno
del amor de una mujer.
Perdóname, querida. Te quiero, y por eso enloquecí
sólo de pensar en ti y en este pobre desgraciado
innoble.
Querida Nora, te pido humildemente perdón.
Tómame de nuevo en tus brazos. Hazme digno de
ti.
No obstante triunfaré, y entonces tú estarás a
mi lado.
Buenas noches, “querida mía”, “amor mío”.
Toda una vida se abre ahora para nosotros. Esto ha


J A M E S J O Y C E
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sido una amarga experiencia, y nuestro amor será
ahora más dulce.
Ofréceme tus labios, amor mío.
“My kiss will give peace now
And quiet to your heart
Sleep on in peace now
O you unquiet heart”
JIM*
*(Mi beso dará ahora paz
y tranquilidad a tu corazón
Duerme en paz ahora
Oh tú, corazón inquieto.)

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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21 de agosto de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Querida Nora, creo que estás enamorada de mí,
¿no es así? Imaginarte leyendo mis poesías me encanta
(pues te tomó cinco años aprenderlas) Cuando
las escribí era un muchacho extraño y solitario,
que paseaba solo de noche y pensaba que algún día
me amaría una muchacha. Pero nunca pude hablar a
las muchachas que solía encontrar en las casas. Enseguida
me irritaban sus falsos modales. Entonces
llegaste tú. En algún sentido tú eras la muchacha en
quien había soñado y para quien había escrito las
poesías que ahora encuentras tan encantadoras. Ella
era quizás (tal como la veía en mi imaginación una
muchacha modelada por la cultura de generaciones
anteriores, de una curiosa y grave belleza) la mujer
para quien escribí poemas como “Gentle lady” o


J A M E S J O Y C E
68
“Thou leanest to the shell of night”. Pero luego
descubrí que la belleza de tu alma eclipsaba la de
mis poesías. Había en ti algo superior a todo lo que
había expresado en ellas. Y por esta razón el libro
de poesías es para ti. Contiene el deseo de mi juventud,
y tú fuiste querida, la satisfacción de este
deseo.
¿He sido cruel contigo? Al menos de una crueldad
no soy culpable. No he apagado el cálido e impulsivo
amor vivificante de tu rica naturaleza.
Querida, observa ahora las profundidades de tu
propio corazón y dime que viviendo a mi lado no lo
has visto envejecer ni endurecerse. No, tú eres capaz
ahora de un sentimiento más delicado y profundo
que antes. Pequeña Nora mía, dime que mi
compañía fue buena para ti y yo te contaré libremente
todo lo que la tuya ha significado para mí.
¿Conoces la perla y el ópalo? Cuando tú llegaste
por primera vez en aquellas dulces tardes de verano,
mi alma era bella, pero con la pálida belleza desapasionada
de la perla. Tu amor me ha traspasado y
ahora siente que mi espíritu es algo así como un
ópalo, lleno de matices y colores sutiles y extraños,
de cálida luz y ágiles sombras; de música interrumpida.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
69
Querida Nora, estoy muy preocupado acerca de
cómo voy a reunir el dinero para Eva y para mí y
también para ir a Galway a ver a tus padres. Hoy
escribí a tu madre, pero realmente no deseo ir. Me
hablarán de ti y de esas cosas que ignoro. Me asusta
incluso que me muestren una fotografía tuya de pequeña,
pues pensaré, “Entonces no la conocía, y
tampoco ella a mí. Cuando por la mañana iba tranquilamente
a misa a veces miraba largo rato a algún
muchacho que pasaba por la calle. A otros, no a
mí”.
Cariño, quiero pedirte que tengas paciencia
conmigo. Tengo absurdos celos del pasado.
Sé feliz hasta que regrese. Nora ingenua. Dile a
Stannie que mande dinero con rapidez, para que
podamos vernos pronto. ¿Recuerdas el día en que te
pregunté: indiferente, “¿Dónde puedo encontrarte
esta tarde?”, y tu me dijiste sin pensarlo, “¿Dónde
puedes encontrarme, dices? Supongo que me encontrarás
en la cama”.
¡Magari! ¡Magari!
JIM

J A M E S J O Y C E
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22 de agosto de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Amor mío, ¡no puedes sospechar el hastío que
siento en Dublín! Es la ciudad del fracaso, del rencor
y la desdicha. Anhelo marcharme de aquí.
Pienso constantemente en ti. Por la noche, al
acostarme, es una verdadera tortura. No voy a escribirte
en esta hoja lo que llena mi pensamiento, la
locura del deseo. Te veo en un centenar de posturas,
grotesca, vergonzosa, virginal, lánguida. Querida,
cuando nos reunamos, entrégate a mí con
plenitud. Todo esto es sagrado, oculto para los demás,
debes darte a mí libremente. Deseo ser el dueño
de tu cuerpo y de tu espíritu.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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Hay una carta que no me atrevo a ser el primero
en escribir y sin embargo espero que algún día tú lo
hagas. Una carta sólo para mis ojos. Quizás tú la
escribas y así se mitigue la angustia de mi espera.
¿Qué puede pasar ahora entre nosotros? Hemos
sufrido y hemos sido puestos a prueba. Se ha desvanecido
todo velo de vergüenza o desconfianza
entre nosotros. ¿Acaso veremos cada uno en los
ojos del otro las horas y horas de felicidad que nos
esperan?
Nora, adorna tu cuerpo para mí. Cuando nos
encontremos debes estar hermosa y feliz, enamorada
y provocativa; llena de recuerdos, llena de deseo,
¿Recuerdas los tres adjetivos que utilicé en “Los
muertos” al hablar de tu cuerpo? Eran estos: “musical,
extraño y perfumado”.
Todavía laten celos en mi corazón. Tu amor por
mí debe ser intenso y violento para que olvide completamente.
Nora, no permitas siquiera que pierda el amor
que te tengo. Si pudiéramos seguir de esta manera
juntos en la vida, podríamos ser muy felices. Déjame
amarte, Nora. No mates mi amor.


J A M E S J O Y C E
72
Te llevaré un pequeño regalo. Todo es idea mía,
y me ha costado mucho hacerlo como deseaba. Pero
será siempre un recuerdo de estos días.
Querida, escríbeme y piensa en mí.
¡Qué representa una semana o diez días comparado
con todo el tiempo de alegría que nos espera!
JIM


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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26 de agosto de 1909
[Tarjeta ilustrada]
4 Bowling Green, Galway
Mi querida y huidiza Nora, ¡¡Te estoy escribiendo
sentado en la mesa de cocina de la casa de tu
madre!! He estado aquí todo el día conversando con
ella, es evidente que es la madre de la persona a
quien quiero y me agrada mucho. Cantó para mí The
Lass of Aughrim, pero se negó a cantarme los últimos
versos en los que los amantes intercambian sus
prendas. Pasaré la noche en Galway.
¿No es extraña la vida, querido amor? ¡Pensar
que estoy aquí! Pasé por la casa de Augustine Street,
en la que viviste con tu abuela, y mañana iré a visi


J A M E S J O Y C E
74
tarla con el pretexto de que deseo comprarla, para
poder ver la habitación en la que tú dormías.
Les he pedido fotografías tuyas de niña, pero no
tienen ninguna.
Querida, quién sabe, tal vez el año próximo podamos
venir aquí tu y yo. Me llevarás de un sitio a
otro, y la imagen de tu juventud purificará de nuevo
mi vida.
JIM

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
75
31 de agosto de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Queridísima mía, son casi las dos de la madrugada.
Mis manos tiemblan de frío, pues he tenido
que salir para traer a casa a mis hermanos que volvían
de una fiesta; y ahora debo bajar a la Administración
General de Correos. Porque no quiero que
mi amor se quede esta mañana sin su carta.
Llevo en el bolsillo, bien protegido, el adorno
que te hice especialmente. Lo muestro a todo el
mundo y así pueden saber que te amo, Nora querida,
y que pienso en ti y deseo honrarte.
Hace una hora estaba cantando tu canción The
Lass of Aughrim. Cuando canto esta encantadora tonada
empiezo a llorar y mi voz tiembla con emo



J A M E S J O Y C E
76
ción. Querida Nora, mereció la pena venir a Irlanda
para oírla de tu amable madre, a quien le tengo mucho
cariño.
Adorable Nora, quizás sea en el arte donde tú y
yo encontremos el consuelo para nuestro amor. Desearía
que estuvieras rodeada de todo lo que hay de
bueno, hermoso y noble en el arte. Tú no eres, como
dices, una pobre muchacha sin educación. Querida,
tú eres mi novia y deseo darte todo el placer y
la alegría posibles.
Querida Nora, no permitas que nunca acabe
nuestro amor de hoy. Ahora comprendes a tu extraño,
errante, celoso y testarudo amante, ¿no es así,
querida? ¿Verdad que intentarás soportar todos sus
caprichos? Él te ama, siempre piensa en eso. Nunca
ha tenido una partícula de amor para otra que no
seas tú. Eres tú quien ha abierto un profundo abismo
en su vida.
Ahora, cada palabra burda que oigo me ofende,
pues siento que a ti te ofendería. Cundo te cortejaba
(y sólo tenías diecinueve años, cuánto me gusta
pensar en ello, querida) sucedía lo mismo. Tú has
sido respecto a mi primera madurez lo que la idea
de la Santísima Virgen fue respecto a mis años de
muchacho.

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
77
Dulce amor, dime que ahora estás satisfecha
conmigo. Una palabra tuya de elogio me llena de
alegría, una alegría dulce como una rosa.
Nuestros hijos (tanto como los quiero) no deben
interponerse entre nosotros. Si son buenos y de
naturaleza noble se debe a nosotros querida. Unimos
nuestros cuerpos y nuestras almas libre y noblemente,
y nuestros hijos son el fruto de nuestros
cuerpos.
Buenas noches, mi queridísima muchacha, mi
pequeña novia de Galway, mi tierno amor de Irlanda.
¡Cuánto me gustaría sorprenderte ahora durmiendo!
Hay un lugar en el que me gustaría besarte,
un extraño lugar, Nora. No en los labios. ¿Sabes
dónde?
¡Buenas noches, amor!
JIM
J A M E S J O Y C E
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2 de septiembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Nora querida, hoy no he recibido carta tuya y
espero que no me hayas mandado ninguna a Galway.
Olvidé decírtelo.
Me encuentro en un lamentable estado de confusión
y debilidad por hacer lo que te conté. Al despertar
esta mañana recordé la carta que te escribí
anoche, y me disgusté conmigo mismo. Sin embargo,
si lees todas mis cartas, desde la primera de ellas,
podrás hacerte alguna idea de lo que siento hacia ti.
No pude disfrutar ni un sólo día de mis vacaciones.
Tu madre notó mi costumbre de suspirar y


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
79
dijo que se me partiría el corazón por ello. Supongo
que eso debe ser malo para mí.
Espero que tomes cacao todos los días y que
engordes un poco. Supongo que sabes por qué espero
eso.
Estoy preocupado hasta la muerte respecto a ti,
a mí mismo, el viaje de regreso y Eva. Espero que
Stannie me gire suficiente para ambos.
Dublín es una ciudad detestable, y la mayor
parte de la gente me repele. Estoy tan nervioso que
casi no pruebo bocado.
¿Cuándo va a acabar esa maldita cosa? ¿Cuándo
voy a empezar? Mi cerebro está vacío. Esta noche
no puedo escribirte nada.
Nora, “verdadero amor mío”, realmente debes
tomarme de la mano. ¿Cómo me has permitido llegar
a este estado? Querida, ¿me tomarás como soy,
con mis pecados y locuras, y me protegerás de la
miseria? Si no lo haces siento que mi vida se hará
pedazos. Esta noche tengo una idea más loca que lo
habitual. Me gustaría que me azotases. Me gustaría
ver tus ojos encendidos de ira.
Creo que estoy un poco loco. ¿O acaso el amor
es locura? ¡Un instante te veo como una virgen y al
instante siguiente te veo desvergonzada, audaz, se


J A M E S J O Y C E
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midesnuda y obscena! ¿Qué piensas realmente de
mí? ¿Estás disgustada conmigo?
Recuerdo la primera noche en Pola, cuando en
el tumulto de nuestros abrazos pronunciaste cierta
palabra. Fue una palabra provocativa, invitante, y
puedo ver tu rostro sobre mí (aquella noche tú estabas
encima mío) mientras la murmurabas. En tus
ojos también había locura, como me hubiera ocurrido
a mí si el infierno me hubiera estado esperando
el instante después de no haber podido volver a
ti.
¿También tú eres como yo, entonces, un instante
alta como las estrellas y al siguiente más baja
que la más baja de las despreciables?
Creo enormemente en el poder de una sencilla alma
honrada. Tú eres esa, ¿no es así, Nora?
Deseo que te digas a ti misma: Jim, el pobre tipo
a quien amo, regresa. Es un pobre hombre débil
e impulsivo, y me pide que lo proteja y lo haga
fuerte.
A otros entregué mi orgullo y mi alegría. A ti te
doy mi pecado, mi locura, mi debilidad y mi tristeza.
JIM

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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3 de septiembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Mi fiel amor, tu regalo, ya listo está en la mesa
frente a mí mientras escribo. Ahora te lo describiré.
Es una caja plana y cuadrada de piel marrón, con
dos estrechas orlas doradas. Se abre al apretar un
resorte y su interior está almohadillado con suave
seda anaranjada. En la caja hay una pequeña tarjeta
cuadrada en la que está escrito, con tinta dorada el
nombre Nora y, debajo, las fechas 1904-1909. Bajo
la tarjeta está el adorno propiamente dicho. Son
cinco pequeños cubos, parecidos a dados (uno por
cada uno de los cinco años), hechos de marfil amarillento,
que tienen más de cien años. Los cubos
están perforados, y se mantienen unidos por una


J A M E S J O Y C E
82
fina cadena de oro cuyos eslabones son como pequeños
imperdibles, de manera que el conjunto
forma un collar, con el broche atrás, junto al dado
central. Delante, en el centro de la cadena y formando
parte de la misma (no colgando como un
pendiente), hay una pequeña tablilla, también de
marfil amarillento, con un orificio que la atraviesa al
igual que los dados y que tiene el tamaño de una
pequeña pieza de dominó. Esta tablilla tiene una
inscripción en ambos lados, con las letras grabadas.
Estas letras fueron seleccionadas en un antiguo libro
de tipos y son del estilo del siglo catorce, muy
hermosas y decorativas. En el anverso de la tablilla
hay tres palabras grabadas, dos arriba y una abajo, y
en el reverso hay cuatro palabras, dos arriba y dos
abajo. La inscripción (cuando se leen ambos lados)
es la última línea de una de las primeras canciones
de mi libro de poemas, una a la que también se le ha
puesto música: y, por consiguiente, tres palabras de
esta línea están delante y cuatro detrás. En el anverso
se lee Love is unhappy, y en el reverso When love is
away. Los cinco dados significan los cinco años de
adversidad y desavenencia, y la tablilla que une la
cadena representa la extraña tristeza que sentimos y
nuestro sufrimiento al estar separados.



C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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Nora, este es mi regalo. Pensé mucho tiempo en
él y vi cada una de sus partes hecha a mi gusto.
¡Sálvame, fiel amor mío! ¡Sálvame de la malicia
de este mundo y de mi propio corazón!
JIM


J A M E S J O Y C E
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5 de septiembre de 1909
44 Fontenoy Street; Dublín
Mi adorable muchacha, si me llega el giro, mañana
por la noche (martes) espero partir con Eva y
Georgie.
Querida, tengo algunas novedades para ti. Mi
buen amigo Kettle se casa el miércoles, y esta noche
mantuve una conversación de cuatro horas con él.
Es el mejor amigo que tengo en Irlanda, creo, y me
ha hecho grandes favores. Él y su esposa vendrán a
Trieste a pasar uno o dos días durante su luna de
miel, y estoy seguro, querida, de que me ayudarás a
darles una buena acogida. Ordena la casa, asegúrate
de que el piano no esté levantado y repasa tu vestuario.
Logra que el carpintero entregue la mesa y




C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
85
los taburetes. Es un tipo con un gran corazón y estoy
seguro de que su esposa te encantará. Desgraciadamente
no tengo dinero para hacerles un regalo.
Pero enviaré a Londres una copia de Chamber Music.
Di a Stannie que la lleve a mi encuadernador y que
la haga exactamente igual a la de Schott, pero inmediatamente
de manera que pueda estar lista cuando
lleguen. Trataremos de que lo pasen lo mejor posible,
y estoy seguro de que mi bondadosa muchacha
será feliz de complacer a dos personas que están en
el umbral de su vida en común. ¿No es así, querida?
Y ahora algo sobre nosotros. Querida mía, esta
noche estuve en el Hotel Gresham donde fui presentado
a unas veinte personas, a todas ellas se les
decía que iba a ser el gran escritor del futuro en mi
país. Apenas me conmovió todo el clamor y adulación
a mi alrededor. Pensé que oía a mi país llamándome
o dirigiendo ansioso sus ojos hacia mí. Pero,
¡oh! amor mío, pensé también en otra cosa. Pensé
en alguien que me tomó de su mano como un guijarro,
de cuyo amor y en cuya compañía aún tengo
que descubrir los secretos de la vida. Pensé en ti,
querida, tú significas más que el mundo para mí.
Santa mía, ángel mío, guíame. Condúceme adelante.
Todo lo que hay de noble, exaltado, profundo,


J A M E S J O Y C E
86
auténtico y conmovedor en lo que escribo, creo que
proviene de ti. ¡Oh! Tómame en tu alma de almas y
entonces me convertiré realmente en el poeta de mi
raza. Siento esto mientras lo escribo, Nora. Mi
cuerpo pronto estará en el tuyo, ¡oh, si mi alma
también pudiera estarlo! ¡Oh, si pudiera anidar en
tus entrañas como un niño nacido de tu carne y de
tu sangre, alimentarme de tu sangre, dormir en la
cálida oscuridad secreta de tu cuerpo!
Sagrado amor mío, mi adorable Nora, ¿podremos
entrar ahora en el cielo de nuestra vida?
¡Oh, cuánto anhelo sentir tu cuerpo confundido
con el mío, verte desvanecer, desvanecer y desvanecer
ante mis besos!
¡Buenas noches, buenas noches, buenas noches!
JIM

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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7 de septiembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Mi pequeña y silenciosa Nora, han pasado días y
días sin una carta tuya, pero tal vez pensaste que ya
debería haber partido. Salimos mañana por la noche.
Espero que a finales de esta semana, o el domingo
ya estaremos juntos.
Ahora, Nora querida, quiero leerte una y otra
vez todo lo que he escrito para ti. Parte de ello es
feo, obsceno y bestial; parte es puro, sagrado y espiritual:
todo eso soy yo mismo. Y creo que ahora tú
ves lo que siento hacia ti. Ya no reñirás conmigo
nunca más, ¿verdad, querida? Mantendrás siempre
vivo mi amor. Esta noche estoy cansado, amor, y



J A M E S J O Y C E
88
me gustaría dormir en tus brazos, sin hacerte nada,
sólo dormir, dormir, dormir en tus brazos.
¡Vaya fiesta! No disfruté en absoluto. Mis nervios
están en un terrible estado de inquietud. ¿Me
cuidarás cuando esté de vuelta contigo?
Espero que tomes diariamente aquel cacao, y
aquel cuerpecito tuyo (o mejor, ciertas partes de él)
estén llenándose un poco. En este momento estoy
riéndome mientras pienso en tus pequeños pechos
de muchacha. ¡Eres una persona absurda, Nora! Recuerda
que tienes veinticuatro años y que tu hijo
mayor tiene cuatro. Maldita sea. Nora, debes intentar
vivir según tu reputación y dejar de ser la muchachita
curiosa de Galway que eres, y convertirte
en una mujer completa, enamorada y feliz.
Y qué tierno se pone aún mi corazón cuando
pienso en tus finos hombros y en tus brazos de muchacha.
¡Qué pícara eres!... Desearía que llevaras
ropa interior negra. Desearía que estudiaras cómo
complacerme, cómo provocar mi deseo. Y lo harás,
querida, y pienso que seremos felices.
El viaje de regreso se me hará muy largo. El
primer beso que nos demos será glorioso. Querida,
no llores cuando me veas. Quiero ver tus ojos her


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
89
mosos y brillantes. Me pregunto qué será lo primero
que me digas.
¡La nostra bella Trieste! A menudo he dicho esto
airadamente, pero esta noche creo que es verdad.
Anhelo ver las luces centelleando a lo largo de la
riva, mientras el tren pasa por Miramar. Después de
todo, Nora, es la ciudad que nos ha recibido. Regresé
a ella fatigado y sin dinero después de mi locura
en Roma, y ahora otra vez tras esta ausencia.
¿Me quieres, verdad? Ahora debes tomarme en
tu seno y protegerme, y quizás apiadarte de mis pecados
y locuras y conducirme como a un niño.
I would in that sweet bosom he
(O sweet it is and fair it is!)
Where no rude wind might visit me.
Because of sad austerities
I would in that sweet bosom be.
I would be ever in that heart
(O soft I knock and soft entreat her!)
Where only peace might be my part.
Austerities were all the sweeter
So I were ever in that heart.*


J A M E S J O Y C E
90
JIM
*(Me gustaría estar en aquel dulce pecho,
(tan dulce y tan claro)
donde ningún rudo viento podría visitarme
Por culpa de triste severidad,
me gustaría estar en aquel dulce pecho.
Siempre estaría en aquel corazón,
(dulcemente le llamo y dulcemente le ruego)
donde sólo la paz sería mi compañera.
Y aunque más dulce fuera la severidad
Siempre estaría en aquel corazón.)



C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
91
7 de septiembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Querida, mañana por la noche salimos. A última
hora pude arreglarlo todo y viene Eva. Prepara todas
las cosas.
Intenté recordar tu cara pero solo logré ver tus
ojos. Deseo que estés lo mejor posible para mí
cuando llegue.
¿Tienes vestidos bonitos? ¿Tiene tu pelo buen
color o lo tienes lleno de mechas? No tienes derecho
a estar fea y desgarbada a tu edad, y espero que
me hagas el cumplido de estar bien arreglada.
Estoy todo el día excitado. El amor es un maldito
fastidio, especialmente cuando también está
unido a la lujuria. Es una provocación terrible pen

J A M E S J O Y C E
92
sar que en este momento tú estás esperándome en
el otro extremo de Europa mientras yo estoy aquí.
Ahora no estoy precisamente de buen humor.
Deja que te hable de tu regalo. ¿Te gusta la idea?
¿O crees que es tan disparatada como yo mismo?
¿Te han escrito tu madre o tu hermana hablándote
de mí? Presumo más bien que les agradé. ¡Qué estúpido
soy preguntándote cosas que no puedes
contestarme!
Guarda el piano y consigue una cama para Eva
y Georgie. Asegúrate y prepáranos una cálida cena o
comida o desayuno cuando lleguemos. ¿Lo harás,
no es así? Desde el primer momento en que ponga
mis pies en mi casa debes hacerme sentir que voy a
ser feliz en todos los sentidos. No empieces contándome
historias sobre las deudas que tenemos.
Querida, quiero pedirte que seas conmigo todo lo
amable que puedas, pues estoy terriblemente nervioso
debido a todas las preocupaciones y pensieri,
he estado de verdad muy nervioso. ¡Qué extraño
será el momento en que te vea! Pensar en ti esperando,
esperando mi regreso.
Espero que mi hermana Eva te simpatice. La
gente dice que no es aconsejable llevar a casa una
hermana, pero fue idea tuya, querida. Estoy seguro


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
93
de que serás amable con ella, mi pequeña y bondadosa
Nora. Y quizás dentro de dos años, tu hermana
Dilly pueda quedarse con nosotros unos meses.
Querida, tengo un montón de noticias para
contarte, y te las contaré cada noche en los intervalos
entre las otras cosas. ¡Qué momento éste, querida!
Una breve locura o el paraíso. Sé que pierdo la
razón mientras dura. ¿Recuerdas qué fría eras al
principio, Nora? Eres una persona muy extraña. Y a
veces eres realmente muy cálida.
Cuando llegue hazme creer que hay algo de dinero.
¿Me harás una buena taza de café negro en
una bonita taza pequeña? Pregunta cómo hacerlo a
la llorona Glabocnik. Prepara una buena ensalada,
¿lo harás? Otra cosa, no traigas cebollas o ajos a la
casa. Creerás que estoy esperando un niño. No es
esto, pero no sé qué hacer de tan preocupado y excitado
como estoy.
Querida, querida, querida pequeña Nora mía,
adiós por esta noche. Te escribí cada noche. Ahora
no soy demasiado mal: te llevaré mi regalo. iOh, Dios
mío, qué excitado estoy!
JIM


J A M E S J O Y C E
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20 de octubre de 1909
[Tarjeta postal]
[París]
Llegué aquí hoy y salgo mañana para Londres.
Di a Stannie que llame a Latzer, Via Veneziani,
2, II, a quien escribí diciéndole que mi hermano podría
dar las lecciones en mi ausencia. Corro a tomar
el tren y temo perderlo. No te preocupes.
JIM


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
95
[¿25 de octubre de 1909?]
44 Fontenoy Street, Dublín
Mi Nora pobre y solitaria, dejé pasar tantos días
sin escribirte porque me llamaste imbécil sólo pocos
minutos antes de que abandonara Trieste, por llegar
tarde a casa después de estar todo el día ocupado.
Pero ahora lo siento por ti. Nora, por favor no me
digas nunca más estas cosas. Sabes que te quiero. A
pesar de lo ocupado que estoy desde que llegué,
pienso todo el día qué regalarte. Estoy pensando
comprarte un juego de pieles negras, estola, gorro y
manguito. ¿Te gustaría?
Aquí me parece que pierdo todo el día entre la
gente vulgar de Dublín, a la que odio y desprecio.
Mi único consuelo es hablar de ti a mis hermanas

J A M E S J O Y C E
96
siempre que puedo, como solía hacerlo a tu hermana
Dilly. Es muy cruel estar separados. ¿Piensas en
las palabras de tu collar de marfil? Esta vez tengo
constantemente tres imágenes distintas de ti en mi
corazón. La primera, tal como te vi en el instante de
mi llegada. Te veo en el pasillo, juvenil y con aire de
muchacha, con tu vestido gris y tu blusa azul, y oigo
tu extraño grito de bienvenida. La segunda, te veo
tal como viniste a mí aquella noche cuando estaba
en la cama dormido, con tu pelo suelto y las cintas
azules en tu camisón. En la última, te veo en el andén
de la estación poco después de decirte adiós,
con tu cabeza medio girada hacia atrás de pesar, con
un extraño gesto de desamparo. ¡Pequeña y querida
muchacha extraña! iY todavía me escribes preguntando
si estoy cansado de ti! Nunca me cansaré de
ti, querida, si eres solamente un poco más cortés.
Esta vez no puedo escribirte con tanta frecuencia,
pues [estoy] terriblemente atareado desde la mañana
hasta la noche. No te preocupes, querida. Si lo haces,
arruinarás mis posibilidades de hacer algo. Después
de esto espero que tendremos muchos,
muchos, muchos largos años de felicidad.
Mi pequeña, querida y leal Nora, no escribas de
nuevo dudando de mí. Eres mi único amor. Me tie


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
97
nes completamente en tu poder. Sé y siento que si en
el futuro tengo que escribir algo bueno o noble, lo
haré únicamente escuchando sobre las puertas de tu
corazón.
¿Qué conversaciones tan bonitas tuvimos juntos
esta vez, verdad, Nora? Querida, las tendremos de
nuevo. ¡Coraggio! Por favor, querida, escríbeme una
carta bonita y dime que eres feliz.
Di a mi hermoso hijito que iré a besarle alguna
noche cuando se duerma rápidamente, que no se
preocupe por mí y que espero que esté mejor, y dile
a esa graciosa hija mía que le mandaría una muñeca
pero que “l uomo non ha messo la testa ancora”.
Ahora, mi pequeña iracunda, mal educada y espléndida
muchachita, prométeme no llorar, sino
darme ánimos para seguir aquí con mi trabajo. Deseo
que vayas a ver Madame Butterfly y pienses en mí
al oír las palabras “Un bel di”.
JIM
Guarda mis cartas para ti, querida. A ti es a quien las
escribo.


J A M E S J O Y C E
98
27 de octubre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Querida, la vieja fiebre de amor ha empezado a
despertar de nuevo en mí esta noche. Soy el caparazón
de un hombre: mi alma está en Trieste. Sólo tú
me conoces y me amas. Estuve en el teatro con mi
padre y mi hermana, una representación desgraciada,
un público repugnante. Me sentí (como siempre)
un extraño en mi propio país. Si al menos hubiera
estado a tu lado [sic] podría haberte dicho al oído el
odio y el desprecio que sentí arder en mi corazón.
Quizás tú me habrías reprendido, pero también me
hubieras comprendido. Me sentí orgulloso de pensar
que mi hijo, mío y tuyo, este hermoso muchachito
que tú me diste, Nora, será siempre un

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
99
extranjero en Irlanda, un hombre que hablará otra
lengua y estará educado en una tradición distinta.
Detesto Irlanda y a los irlandeses. A pesar de
haber nacido entre ellos, en la calle me miran fijamente.
Quizás leen en mis ojos el odio que les tengo.
Por todos lados sólo veo la imagen del cura
adúltero y sus sirvientes, y de mentirosas y taimadas
mujeres. No es bueno para mí venir o permanecer
aquí. Quizás no sufriría tanto si estuvieras conmigo.
A veces, cuando recuerdo aquella horrible historia
de tu juventud, todavía me asalta la duda de si estás
secretamente contra mí. Pocos días antes de abandonar
Trieste, paseaba contigo por la Avenida Stadion
(fue el día que compramos el tarro de cristal
para las conservas) Pasó un sacerdote y te dije “¿no
sientes una especie de repulsión o repugnancia al
ver a uno de estos hombres:’“ Me contestaste un
poco secamente, “no, no la siento”. Ves, recuerdo
todos esos detalles. Tu respuesta me hirió y me hizo
callar. Esta y otras cosas similares que me has dicho
quedan rondando mucho tiempo en mi cabeza.
¿Nora, estás conmigo o secretamente contra mí?
Soy un hombre celoso, solitario, insatisfecho,
orgulloso. ¿Por qué no eres un poco más dulce y
paciente conmigo? La noche que fuimos juntos a


J A M E S J O Y C E
100
ver Madame Butterfly me trataste muy duramente.
Deseaba simplemente oír aquella hermosa y delicada
música en tu compañía. Deseaba sentir tu alma
lánguida y suspirante como la mía mientras ella
cantaba (el romance) de su esperanza en el segundo
acto, Un bel dí: “Un día, un día veremos un anillo de
humo en el borde más lejano del mar: y entonces
aparece el barco”. Estoy un poco disgustado contigo.
Luego, la otra noche cuando llegué a casa y a tu
cama, cuando venía del café, y empecé a contarte
todo lo que quería hacer y escribir en el futuro, y
toda la ambición sin límites que es la fuerza que dirige
mi vida. No me escuchaste. Ya sé que era muy
tarde y que naturalmente estabas cansada después
de todo el día. Pero un hombre cuyo cerebro arde
con esperanza y confianza en sí mismo necesita decir
a alguien lo que siente. ¿A quién decirlo, sino a ti?
Nora, te amo profunda y verdaderamente. Ahora
me siento digno de ti. No hay ni una partícula de
mi amor que no te pertenezca. Aparte de esas cosas
que enturbian mi mente contra ti, pienso siempre en
ti del mejor modo. Si me dejaras, te hablaría de todo
lo que hay en mi cabeza, pero, a veces, en tu mirada,
percibo que únicamente te aburriría. De cualquier
manera, te amo, Nora. No puedo vivir sin ti. Desea




C A R T A S DE A M O R A N O R A B A R N A C L E
101
ría darte todo lo que es mío, todos mis conocimientos
(pocos como son), cualquier emoción que
siento o haya sentido, cualquier simpatía o antipatía
que tenga, toda esperanza o remordimiento. Me
gustaría atravesar la vida al lado tuyo, contándote
más y más hasta llegar a formar un único ser, juntos
hasta que nos llegara la hora de la muerte.
Incluso ahora, mientras escribo esto, las lágrimas
corren por mis ojos y los sollozos me estremecen.
Nora, sólo tenemos una corta vida en la que
amar. Oh, querida, sé sólo un poco más amable, e
indulgente conmigo, incluso si soy desconsiderado e
intratable, y créeme, seremos felices juntos. Déjame
amarte a mi manera. Haz que tu corazón esté siempre
junto al mío para escuchar cada latido de mi
vida, cada pena, cada alegría.
Recuerdas aquel domingo por la tarde al regresar
de Werther, cuando el eco de la triste música como
de muerte aún resonaba en nuestras cabezas,
que tumbado en la cama de nuestra habitación, intenté
decirte aquellos versos de la Connacht Love Song
que tanto me gustan y que empiezan:
“It is far an it is far
To Connemara where you are”.

J A M E S J O Y C E
102
¿Recuerdas que no pude acabar los versos? La
profunda emoción de tierna veneración por tu imagen
que expresaba mi voz mientras recitaba los versos
fue demasiado para mí. El amor que siento por
ti es verdaderamente una especie de adoración.
Querida, deseo que seamos felices. Intenta mejorar
tu salud mientras estoy lejos y, por favor,
hazme caso en las pequeñas cosas que te pido que
hagas. Lo primero, come tanto como puedas para
llegar a parecer una mujer más que a la adorable,
esbelta, desgarbada y sencilla muchachita que eres.
Si se ha terminado el cacao, dile a Stannie que compre
más: cuesta cinco chelines y seis peniques.
Mientras tanto toma el otro cacao y chocolate en
gran cantidad. Liquida parte de la cuenta de tu modista.
Hoy te he enviado dos libros de modelos para
que elijas. El sábado te mandaré siete u ocho yardas
de tweed de Donegal para que te hagas un vestido
nuevo. He estado buscando un juego de pieles para
ti, y si mis asuntos por aquí resultan bien, sencillamente
te ahogaré en pieles, vestidos, y capas de todas
clases. Tengo pensadas algunas pieles muy
bonitas para ti.
Querido amor, escribe ahora y dime que haces
lo que te pido. Dime que eres feliz porque te quiero,

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
103
te soy fiel y pienso en ti. Te soy fiel. Nora, y pienso
constantemente en ti.
Buenas noches, querida. Sé feliz durante este
breve intervalo de separación y siempre que pienses
en mí besa a mi imagen en Georgie.
iAddio, mia cara Nora!
JIM


J A M E S J O Y C E
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1° de noviembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Querida y pequeña Butterfly, recibí esta tarde tu
carta y me alegra que te guste esa fotografía de tu
indigno amante en traje de ceremonia. Espero que
hayas recibido bien los guantes que te obsequio. Te
los envié tal como hice con mi primer regalo hace
cinco años, comprados en “Ship”. El par más bonito
es el de piel de reno: están forrados de su propia
piel, sencillamente vueltos del revés, y deben ser
calientes, casi tanto como ciertas partes de tu cuerpo,
Butterfly. Te envié doce yardas (no once como te
había dicho) de tweed de Donegal. Quisiera que la
chaqueta de tu traje llegara casi hasta el ruedo de la
falda, que tuviera cuello y cinturón, con los puños


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
105
de cuero azul oscuro, y forrada de raso de color
bronce o azul oscuro. Si este asunto va bien y continúo
más allá del 5 de noviembre y recibo dinero
fresco, espero mandarte un maravilloso juego de
pieles que estoy eligiendo especialmente. Son de
ardilla gris. Consistirá en un gorro con violetas en
uno de los lados, una estola larga y ancha y un manguito
beige de la misma piel con cadena de acero,
todo forrado con raso violeta. ¿Te gustaría eso, querida?
Espero ser capaz de conseguirlos para ti.
También estoy terminando un regalo especial de
Navidad. He comprado hojas de pergamino cortadas
de un modo especial, y estoy copiando en ellas
con tinta india indeleble todo mi libro de poemas.
Luego las encuadernaré de una manera curiosa que
a mí me gusta y este libro durará cientos de años.
Quemaré todos los otros manuscritos de mis poesías
de manera que tú tengas la única copia existente.
Es muy difícil escribir sobre pergamino, pero lo
hago esperando que le agrade a la mujer que amo.
Son las dos de la madrugada. He estado solo,
aquí en la cocina, copiando desde que todos se fueron
a la cama, y ahora te estoy escribiendo. Desearía
levantar la mirada y encontrar esos malvados ojos


J A M E S J O Y C E
106
tuyos. Intentaré ser digno de la confianza que han
puesto en mí.
No te apures, pequeña Butterfly. Aquí van unos
versos escritos hace cuatrocientos años por un
poeta amigo de Shakespeare:
Tears kill the heart, believe.
O strive not to be excellent in woe
Which only breeds your beauty’s overthrow.*
*(Las lágrimas matan el corazón, creelo
Oh, no te esfuerces en ser excelente en el infortunio
Pues sólo engendra el derrumbe de tu belleza.)
Eres una persona triste, y como yo mismo soy
un tipo sumamente melancólico, presumo que el
nuestro es un amor más bien sombrío. No llores
por el joven pesado de la fotografía. No lo merece,
querida.
Eres muy buena por preguntarme acerca de este
maldito y feo asunto mío. De cualquier modo está
mejor. Al principio me alarmó tu silencio. Temí que
estuvieras mal. Pero estás bien, ¿verdad, querida?

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
107
¡Gracias a Dios! ¡Pobre Nora, qué mal me porto
contigo!
No te preocupes por Eva, pero ve que Stanni se
ocupe de sí mismo. Espero que esté mejor. ¡Addio,
Giorgino e Lucetta! ¡Vengo subito! ¡Y addio, Nora Mía!
“Nora mía!
JIM

J A M E S J O Y C E
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18 de noviembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Esta noche no me atrevo a dirigirme a ti con
ningún sobrenombre. Desde esta mañana cuando
leí tu carta, me he sentido todo el día como un perro
callejero que ha recibido un latigazo entre los
ojos. He estado despierto durante dos días enteros
deambulando por las calles como un sucio canalla
cuya querida le hubiera apaleado y echado de su
puerta.
Escribes como una reina. Recordaré siempre,
mientras viva, la serena dignidad de esa carta, su
tristeza y desdén, y la total humillación que me produjo.

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
109
He perdido tu estima. He malgastado tu amor.
Déjame, entonces. Llévate a tus niños de mí para
protegerlos de la maldición de mi presencia. Déjame
hundir de nuevo en el fango del que provengo. Olvídame
a mí y a mis palabras vacías. Regresa a tu
propia vida y déjame ir solo a mi ruina. No es bueno
para ti vivir con una bestia vil como yo, o permitir
que mis manos toquen a tus niños.
Actúa con el coraje con que siempre lo has hecho.
Si decides dejarme por repugnancia, lo soportaré
como un hombre, sabiendo que lo merezco mil
veces, y te pasaré dos tercios de mis ingresos.
Ahora empiezo a verlo. He matado tu amor. Te
he llenado de aversión y desprecio hacia mí. Déjame
ahora con las cosas y compañeros a los que era tan
aficionado. No me quejaré. No tengo derecho a
quejarme o a levantar nunca más mis ojos hacia ti.
Me he degradado por completo a tus ojos.
Déjame. Para ti es una vergüenza y una denigración
vivir con un pobre desdichado como yo. Actúa
con valor y abandóname. Tú me has dado las mejores
cosas de este mundo, pero únicamente echabas
margaritas a los cerdos.


J A M E S J O Y C E
110
Si me abandonas viviré siempre con tu recuerdo,
para mí más sagrado que Dios. Rezaré en tu
nombre.
Nora, recuerda algo bueno del pobre desgraciado
que te mancilló con su amor. Piensa que tus labios
le han besado, que tu pelo ha caído sobre él y
que tus brazos le han estrechado contra ti.
No firmaré nada con mi nombre, pues es el
nombre con el que me llamabas, me respetabas y
me ofrecías tu tierna alma joven para herirla y ultrajarla.



C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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19 de noviembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Hoy recibí dos cartas muy amables de ella, de
manera que tal vez, a pesar de todo, aún me tenga
cariño. Anoche estaba totalmente desesperado
cuando le escribí. Su palabra más insignificante tiene
un enorme poder sobre mí. Me pide que olvide a la
ignorante muchacha de Galway que se cruzó en mi
vida, y dice que soy demasiado amable con ella.
¡Alocada muchacha generosa! ¿Es que no se da
cuenta de que soy un inútil y loco traidor? Quizás la
ciega su amor por mí.
Nunca olvidaré su breve carta de ayer que me
hirió en lo más vivo. Sentí que había abusado dema

J A M E S J O Y C E
112
siado de su bondad, y que al final ella me devolvía
su sereno desprecio.
Hoy fui al hotel en el que vivía cuando la encontré
por primera vez. Antes de entrar me detuve
en el sombrío portal, tan excitado como estaba.
Aunque no he dado mi nombre, tengo la sensación
de que saben quién soy. Esta noche estaba sentado
en una mesa del comedor, al final de la sala, con dos
italianos a la hora de la cena. No comí nada. Una
muchacha pálida esperaba en una mesa, quizás su
sucesora.
El sitio es muy irlandés. He vivido tanto tiempo
fuera y en tantos países, que puedo distinguir inmediatamente
la voz de Irlanda en cualquier cosa. El
desorden de la mesa era irlandés, el asombro de las
cosas también, los ojos curiosos de la propia dueña
y de su camarera. Es una tierra extraña para mí, a
pesar de haber nacido en ella y llevar uno de sus
antiguos apellidos.
He estado en la habitación en la que tantas veces
estuvo con un extraño sueño de amor en su joven
corazón. ¡Dios mío, mis ojos están llenos de
lágrimas! ¿Por qué lloro? Lloro por lo triste que es
pensar en ella moviéndose por esta habitación, comiendo
poco, vestida con sencillez, espontánea y


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
113
expectante, y llevando siempre con ella en su secreto
corazón la pequeña llama que enciende las
almas y los cuerpos de los hombres.
También lloro de lástima por ella, por haber
elegido un amor tan pobre e innoble como el mío: y
de lástima por mí mismo, por no ser digno de ser
amado por ella.
Una tierra extraña, una casa extraña, unos ojos
extraños, y la sombra de una muchacha extraña que
permanecía silenciosa junto al fuego, o contemplaba
el brumoso parque del College a través de la ventana.
¡Qué belleza tan misteriosa cubre cada uno de los
lugares en que ella ha vivido!
Anoche mientras escribía estas frases brotaron
sollozos de mis labios.
En ella he amado la imagen de la belleza del
mundo, el misterio y la belleza de la propia vida, la
belleza y el destino de la raza de la que soy hijo, las
imágenes de pureza y compasión espiritual en las
que creí de niño.
¡Su alma! ¡Su nombre! ¡Sus ojos! Me parecen
como raras y hermosas flores silvestres azules, creciendo
en algún seto enmarañado y empapado por
la lluvia. Y yo he sentido temblar su alma junto a la
mía, y he pronunciado suavemente su nombre en la


J A M E S J O Y C E
114
noche; y he llorado viendo cómo la belleza del
mundo pasa tras sus ojos.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
115
22 de noviembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Querida, tu telegrama descansa esta noche en
mi corazón. Cuando te escribí las últimas cartas estaba
totalmente desesperado. Creía haber perdido tu
amor y tu estima, tal como merezco. Tu carta de
esta mañana es muy dulce, pero estoy esperando la
que seguramente escribiste después de mandar el
telegrama.
De todas maneras, difícilmente me atrevo a
mostrarme ya familiar contigo, querida, hasta que
me des de nuevo permiso. Presiento que no debo
hacerlo, pues tu carta está escrita en tu viejo y familiar
estilo malicioso. Quiero decir, cuando me dices

J A M E S J O Y C E
116
lo que me harás si te desobedezco en cierta cuestión.
Sólo me atreveré a decirte una cosa. Dices que
deseas que mi hermana te lleve alguna ropa interior.
Querida, no lo hagas. No me gusta que nadie, ni
siquiera una mujer o una muchacha, vea las cosas
que te pertenecen. Quiero que seas más meticulosa
y no dejes ciertas ropas tuyas, quiero decir cuando
llegan de la lavandería. Oh, deseo que guardes todas
estas cosas secretas, secretas, secretas. Quiero que tengas
un gran surtido de toda clase de ropa interior, de
todos los tonos delicados, guardado en un gran armario
perfumado.
¡Qué desdichado soy cuando estoy lejos de ti!
¿Está de nuevo tu pobre amante en tu corazón?
Suspiraré por tu carta y de nuevo te agradezco tu
amable telegrama.
Querida, no me pidas ahora que te escriba una
carta larga. Lo que he escrito arriba me ha entristecido
un poco. Estoy cansado de mandarte palabras.
Me gustaría más tener nuestros labios unidos, nuestros
brazos entrelazados, nuestros ojos desvaneciéndose
en la triste alegría de la posesión.

C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
117
Querida, perdóname. Intentaba ser más reservado.
Sin embargo debo anhelarte, anhelarte, anhelarte.
JIM

J A M E S J O Y C E
118
27 de noviembre de 1909
sábado por la tarde
[Dublín]
Queridísima Nora, esta noche, dentro de un
momento, parto para Belfast y extrañaré tu carta de
esta noche. Mañana regreso y te escribiré de nuevo.
Sueña conmigo. Tu amante.
JIM


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
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2 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Querida mía, quizás debo comenzar pidiéndote
perdón por la increíble carta que te escribí anoche.
Mientras la escribía tu carta reposaba junto a mí, y
mis ojos estaban fijos, como aún ahora lo están, en
cierta palabra escrita en ella. Hay algo de obsceno y
lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También
su sonido es como el acto mismo, breve, brutal,
irresistible y diabólico.
Querida, no te ofendas por lo que escribo. Me
agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Si, querida,
“mi hermosa flor silvestre de los setos” es un lindo
nombre! ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia!
Como ves, tengo todavía algo de poeta. Tam


J A M E S J O Y C E
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bién te regalaré un hermoso libro: es el regalo del
poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro
de este amor espiritual que siento por ti, hay
también una bestia salvaje que explora cada parte
secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y
olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu
de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en
tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves
senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que
monta a una puerca, glorificado en la sincera peste
que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta
vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y
en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión
de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto.
Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y
amor por ti a causa del sonido de algún acorde o
cadencia musical o acostarme con la cabeza en los
pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y
cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero
contra mí y tus labios ardientes chupar mi pija
mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos
muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus
nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y
espeso. He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento
al oír mi voz cantando o murmurando para


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
121
tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y
al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome
gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome
con ruidos y caricias obscenas y haciendo
delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del
cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te alzaste la ropa
y me dejaste acostarme debajo de ti para ver cómo
lo hacías? Después quedaste avergonzada hasta
para mirarme a los ojos.
¡Eres mía, querida, eres mía! Te amo. Todo lo
que escribí arriba es sólo un momento o dos de
brutal locura! La última gota de semen ha sido inyectada
con dificultad en tu sexo antes que todo
termine y mi verdadero amor hacia ti, el amor de
mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente
tentadores ojos llega soplando sobre mi alma
como un viento de aromas. Mi pija está todavía tiesa,
caliente y estremecida tras la última, brutal embestida
que te ha dado cuando se oye levantarse un
himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor,
desde los oscuros claustros de mi corazón.
Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos
dulces, sé mi puta, mi amante, todo lo que quieras
(¡mi pequeña pajera amante! ¡mi putita cogedora!)



J A M E S J O Y C E
122
eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos,
mi flor azul oscuro empapada por la lluvia.
JIM


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123
3 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Mi querida muchacha de convento, debe haber
alguna estrella demasiado próxima a la tierra, pues
aún estoy con la fiebre del deseo animal. Hoy me he
detenido a menudo en la calle con una exclamación
cuando pensaba en las cartas que te escribí las dos
últimas noches. Deben parecer horribles a la fría luz
del día. Tal vez su vulgaridad te haya disgustado. Sé
que eres de naturaleza mucho más refinada que tu
extraordinario amante... Cuando esta mañana encontré
tu carta urgente y percibí tu delicadeza con
tu indigno Jim, me avergoncé de lo que había escrito.
Ahora, a pesar de todo, la noche, secreta noche
pecadora, ha vuelto de nuevo al mundo y yo


J A M E S J O Y C E
124
estoy solo otra vez escribiéndote, con tu carta de
nuevo doblada encima de la mesa, frente a mí. No
me pidas que me acueste, querida, déjame escribirte.
Querida, como sabes, cuando hablo nunca digo
frases obscenas. Nunca me habrás oído palabras
inadecuadas delante de otros, ¿no es así? Cuando
otros cuentan en mi presencia historias obscenas o
lujuriosas sonrío apenas. A pesar de eso, parece que
tú me conviertes en una bestia. Fuiste tú misma, tú,
pícara muchacha desvergonzada, la primera en
mostrarme el camino...
¡Dios Todopoderoso, qué clase de lenguaje estoy
utilizando con mi orgullosa reina de ojos azules!
¿Rehusará contestar mis ordinarias e insultantes
preguntas? Sé que estoy arriesgándome mucho al
escribir de este modo, pero si realmente me quiere,
sentirá que estoy loco de lujuria y que debo decirlo
todo.
Contéstame, amor mío. Incluso si me entero de
que tú también has pecado, quizás ello me acercaría
aún más a ti. De cualquier manera, te quiero. Te he
dicho cosas que mi orgullo no me permitirá decir
nunca más a ninguna mujer.
Mi querida Nora, deseo ardientemente, con impaciencia,
tener tus respuestas a esas obscenas car


C A R T A S D E A M O R A N O R B A R N A C L E
125
tas mías. Te escribo abiertamente porque ahora
siento que puedo cumplir mi palabra contigo.
No te enojes, Nora querida, mi florecita silvestre
de los setos. Amo tu cuerpo, lo deseo, sueño
con él.
Háblenme, labios queridos que he besado lleno
de lágrimas. Si las obscenidades que escribí son un
insulto para ti, golpea de nuevo mis sentidos con el
látigo como lo hiciste antes. ¡Dios se apiade de mí!
Nora, te quiero, y me parece que esto también
forma parte de mi amor. ¡Perdóname! ¡Perdóname!
JIM


J A M E S J O Y C E
126
6 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín.
¡Noretta mía! Esta tarde recibí la conmovedora
carta en la que me cuentas que andabas sin ropa
interior. El día veinticinco no conseguí las doscientas
coronas, sino sólo cincuenta, y otras cincuenta el
día primero. Esto es todo en lo que al dinero se refiere.
Te envío un pequeño billete de banco y espero
que al menos puedas comprarte un lindo par de
bragas con volados, y te mandaré más cuando me
paguen de nuevo. Me gustaría que usaras bragas con
tres o cuatro volados, uno sobre el otro, desde las
rodillas hasta los muslos, con grandes lazos escarlata,
es decir, no bragas de colegiala con un pobre ribete
de lazo angosto, apretado alrededor de las


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
127
piernas y tan delgado que se ve la piel entre ellos,
sino bragas de mujer (o, si prefieres la palabra) de
señora, con los bajos completamente sueltos y perneras
anchas, llenos de volados, lazos y cintas, y con
abundante perfume de modo que las enseñes, ya sea
cuando alces la ropa rápidamente o cuando te abraces
bellamente, lista para ser amada, pueda ver solamente
la ondulación de una masa blanca de telas y
así cuando me recueste encima de ti para abrirlos y
darte un beso ardiente de deseo en tu indecente trasero
desnudo, pueda oler el perfume de tus bragas
tanto como el caliente olor de tu sexo y el pesado
aroma de tu trasero.
Te habrán impresionado las cosas sucias que te
escribo. Quizás pienses que mi amor es una cosa
sucia. Lo es, querida, en algunos momentos. Te
sueño a veces en posiciones obscenas. Imagino cosas
muy sucias, que no escribiré hasta que vea qué es
lo que tú me escribes. Los más insignificantes detalles
me producen una gran erección- un movimiento
lascivo de tu boca, una manchita color castaño en la
parte de atrás de tus bragas, una palabra obscena
pronunciada en un murmullo de tus labios húmedos,
un ruido sin recato, repentino, de tu trasero y
entonces asciende un feo olor por tus espaldas. En


J A M E S J O Y C E
128
algunos momentos me siento loco, con ganas de
hacerlo de alguna forma sucia, sentir tus lujuriosos
labios ardientes, chupándome, coger entre tus dos
senos coronados de rosa, en tu cara y derramarme
en tus mejillas ardientes y en tus ojos, conseguir la
erección frotándome contra tus nalgas y poseerte
sodomíticamente.
¡Basta per stasera!
Espero que te haya llegado mi telegrama y lo
hayas comprendido.
Adiós, querida mía a quien trato de degradar y
pervertir.
¿Cómo sobre esta tierra de Dios es posible que ames
una cosa como yo?
¡Oh, estoy tan ansioso de recibir tu respuesta,
querida!
JIM


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
129
8 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín.
Mi dulce putita Nora, he hecho como me lo pediste,
muchachita sucia y me hice dos pajas mientras
leía tu carta. Me deleita ver que haces como si te
cogiera por atrás. Sí, ahora puedo recordar esa noche
cuando te cogí por atrás mucho rato. Fue la cogida
más sucia que te he dado, querida. Horas y
horas mi sexo estuvo duro dentro tuyo, entrando y
saliendo de tu trasero vuelto hacia arriba. Sentía tus
rollizas nalgas sudorosas bajo mi vientre y veía tu
rostro y tus ojos enloquecidos. A cada una de mis
arremetidas tu desvergonzada lengua salía de entre
tus labios, y si te embestía con mayor fuerza que la
usual, gruesos y sucios gases surgían balbuceantes



J A M E S J O Y C E
130
de tu trasero. Tenías un culo lleno de pedos aquella
noche, querida, y con la cogida salieron todos para
afuera, gruesos camaradas, otros más ventosos, rápidos
y pequeños requiebros alegres y una gran
cantidad de peditos sucios que terminaron en un
largo chorrear de tu agujero. Es delicioso cogerse a
una mujer con pedos cuando cada embestida le saca
uno. Estoy seguro que reconocería los pedos de
Nora en cualquier parte. Estoy seguro que podría
reconocer los de ella en un cuarto lleno de mujeres
flatulentas. Es un ruido mucho más juvenil, que en
nada se parece a los flatos húmedos que deben poseer
las esposas gordas. Es más repentino y seco y
sucio como el que imagino haría para divertirse una
muchacha desnuda en el dormitorio de la escuela
por la noche. Espero que Nora dejará escapar sus
gases en mi rostro para que también pueda conocer
su olor.
Dices que a la vuelta me vas a chupar y quieres
que lama tu sexo, pequeña pícara depravada. Espero
que alguna vez me sorprendas durmiendo vestido,
me asaltes con un destello de puta en tus soñolientos
ojos, me desabroches con suavidad, botón por
botón en el vuelo de mi trusa, y saques gentilmente
la gruesa fusta de tu amante, la escondas en tu boca



C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
131
húmeda y la mames hasta que dura y erectísima
acabe en tu boca. Algunas veces también te sorprenderé
dormida, levantaré tu camisón y abriré
suavemente tus bombachas calientes; suavemente
me recostaré y comenzaré a lamer con placidez alrededor
de tu sexo. Te agitarás incómoda, entonces
lameré los labios del sexo de mi querida. Te pondrás
a gruñir y a gemir, a suspirar y pedorrear ávida en tu
sueño. Entonces lameré mas rápido, como un perro
voraz, hasta que tu sexo sea una masa de suciedad y
tu cuerpo un corcoveo salvaje.
¡Buenas noches, mi pequeña Nora pedorra, mi
sucia pajarita cogedora! Hay una palabra amable, querida
que subrayaste para que me masturbara mejor.
Escríbeme más acerca de eso y de ti misma, dulcemente,
totalmente sucia, totalmente sucia.
JIM



J A M E S J O Y C E
132
9 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Mi dulce sucia pajarita cogedora. Aquí está otra
nota para comprar bragas bonitas o ligueros o ligas.
Compra bragas de puta amor, y trata de perfumarlas
con algún suave aroma y de decorarlas también un
poquito por atrás.
Pareces ansiosa de saber cómo recibí tu carta
que dices es peor que la mía. ¿Cómo que es peor
que la mía, amor? Sí, es peor en una o dos de sus
partes. Me refiero a la parte en la que dices que lo
harás con tu lengua (no me refiero a que me chupes)
y en esa amable palabra que escribiste tan
grande y subrayaste, pequeña pícara. Es estremecedor
escuchar esa palabra (y una o dos de las que no


C A R T A S D E A M O R A N O R A BA R N A C L E
133
escribiste) en los labios de una chica. Pero ojalá hables
de ti y no de mí. Escríbeme una carta larga, larga,
llena de esas y otras cosas acerca de ti, querida.
Ahora ya sabes cómo parármela. Dime las cosas
mínimas acerca de ti tan minuciosamente como sean
de obscenas, sucias y secretas. No escribas más.
Deja a cada oración llenarse de sucias palabras y
sonidos sin recato. Son lo más amable de oír y de
ver en el papel, porque las más sucias son las más
bellas.
Las dos partes de tu cuerpo que hacen las cosas
más sucias son las que yo más quiero. Prefiero tu
culo, querida, a tus tetitas porque hace cosas más
sucias. Si amo tanto tu concha no es por ser la parte
de tu cuerpo que penetro, sino porque hace otra
cosa sucia. Puedo pasar todo el día acostado masturbándome
en la contemplación de la divina palabra
que escribiste, y la cosa que dices quisieras hacer
con tu lengua. Ojalá pudiera oír a tus labios murmurando
esas poderosamente excitantes palabras obscenas,
ver tu boca haciendo ruidos y sonidos
lascivos, sentir tu cuerpo agitándose debajo de mí,
oír y oler los gruesos sucios pedos de muchacha ir
pop pop fuera de tu hermoso culo de muchacha


J A M E S J O Y C E
134
desnuda y coger, coger, coger, coger a mi ardiente culo
sucio de pajarita cogedora por siempre.
Estoy contento ahora, porque mi putita me dijo
que quiere entregarme su trasero, y quiere que la
coja por su boca, y quiere desabotonarme y sacar mi
palito y mamarlo como una teta. Más y más sucias que
éstas quiere mi pequeña cogedora desnuda que le
haga, mi perversa excitable amante, mi dulce pedorrita
obscena.
Buenas noches mi conchita, me voy a acostar y
pajearme hasta acabar. Escribe más y más sucias
cosas, querida. Acaricia tu conchita mientras me
escribes para hacer peor y peor lo que escribes. Escribe
grandes las palabras obscenas y subráyalas y
bésalas y ponlas un momento en tu dulce sexo caliente,
querida, y también levanta un momento tu
vestido y ponlas abajo de tu querido culito pedorro.
Haz más si quieres y mándame entonces la carta, mi
querida pajarita cogedora del trasero café.
JIM


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
135
10 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Querida, tu carta de esta noche me ha decepcionado
terriblemente. Estuve todo el día planeando
cómo conseguir el billete que te mandé, y preguntándome
qué es lo que me escribirías.
En el telegrama te puse Ten cuidado. Me refería a
que fueras cuidadosa en guardar secretamente mis
cartas, a que nadie percibiera tu excitación, y que
tuvieras cuidado en no (ahora estoy medio avergonzado
de escribirlo) Nora, tenía miedo de que te pusieras
tan caliente que pudieras entregarte a
cualquiera.
Querida, compra algo bonito con este billete.
Me sentiré terriblemente miserable si se terminan



J A M E S J O Y C E
136
estas últimas cartas nuestras. Con todos los asuntos
que tengo aquí, me encuentro exhausto. Anoche no
me acosté hasta las cinco, entre cartas, telegramas y
anuncios.
Tu carta es tan fría que ya no me atrevo a escribirte
como antes. Por largo rato he mirado tus cartas
anteriores y he besado ciertas palabras que hay
en ellas, alguna de ellas una y otra vez.
Quizás mañana me escribas de nuevo. Buenas
noches, cariño.
JIM


C A R T A S D E A M O R N O R A B A R N A C L E
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11 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Queridísima Nora, anoche otra vez sin carta tuya.
No has contestado.
Los cuatro italianos dejaron el Hotel Finn’s y
ahora viven encima del espectáculo. Pagué unas
veinte libras a tu última profesora, devolviendo bien
por mal. Antes de dejar el hotel me presenté a la
encargada y le pedí me dejara ver la habitación en la
que dormiste. Me llevó escaleras arriba y me la
mostró. Puedes imaginar mi excitación. Vi la habitación
de mi amor, su cama, las cuatro paredes entre
las que soñó con mis ojos y con mi voz, las cortinitas
que abría por la mañana para mirar el cielo gris
de Dublín, los pequeños y sencillos objetos de las



J A M E S J O Y C E
138
paredes que su mirada recorría mientras por la noche
desnudaba su lindo cuerpo joven.
Ah, no es lujuria, querida, no es la brutal locura
con que te he escrito estos últimos días y noches, no
es el salvaje y casi bestial deseo por tu cuerpo, cariño,
lo que me atrajo a ti entonces. No, querida, de
ninguna manera es eso, sino el amor más tierno,
adorable y compasivo por tu juventud, tu adolescencia
y tu fragilidad. ¡Oh, qué dulce pena trajiste a
mi corazón! ¡Oh, de qué misterio me habla tu voz!
Esta noche no te escribiré como he hecho hasta
ahora. Todos los hombres somos brutales, querida,
pero en mí, al menos, a veces hay algo más elevado.
Sí, también he sentido a veces en mi alma el ardor
de este fuego puro y sagrado que arde para siempre
en el altar del corazón de mi amor. Podría haberme
arrodillado junto a la pequeña cama y abandonarme
a mí mismo en un mar de lágrimas. Lágrimas que
asediaban mis ojos mientras estaba mirándola. Podría
haberme arrodillado allí y rezado tal como los
tres reyes de Oriente se arrodillaron y rezaron ante
el pesebre en el que yacía Jesús. Ellos habían viajado
por mares y desiertos llevando sus regalos, su sabiduría
y su séquito real para arrodillarse ante un niño
recién nacido, y yo había traído mis errores, locuras


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
139
y pecados anhelando dejarlos ante la cama en la que
una joven muchacha había soñado conmigo.
Querida, lamento mucho no poder enviarte esta
noche ni siquiera un pobre billete de cinco liras, pero
el lunes te mandaré uno. Mañana por la mañana
salgo para Cork, pero hubiera preferido dirigirme al
oeste, hacia aquellos extraños parajes cuyos nombres
en tus labios me conmueven, Oughterard, Clare-
Galway, Coleraine, Oranmore, hacia aquellos
campos salvajes de Connacht en los que Dios hizo
crecer “mi hermosa flor silvestre de los setos, mi
flor azul oscuro empapada por la lluvia”
JIM



J A M E S J O Y C E
140
(Fragmento de una carta) Dublín, 13 de diciembre
de 1909
...ir a otras? Tú puedes dármelo todo y más de lo
que ellas pueden. ¿Querida, crees definitivamente en
mi amor? ¡Oh, hazlo, Nora! ¿Acaso no se lee en mis
ojos cuando hablo de ti? Como dice tu madre, “se
iluminan como velas en mi cabeza”.
Cariño, ahora el tiempo pasará volando hasta
que tus brazos me estrechen. Nunca te abandonaré
de nuevo. No sólo deseo tu cuerpo (como sabes),
sino también tu compañía. Querida mía, supongo
que mi amor por ti parece pobre y raído comparado
con tu generoso y espléndido amor hacia mí. Pero
es el mejor que puedo ofrecerte, querido amor mío.
Acepta mi amor, sálvame y protégeme. Soy tu niño,
ya te dije, y debes ser dura conmigo, pequeña madre
mía. Castígame tanto como quieras. Me parecería



C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
141
delicioso sentir mi carne estremeciéndose bajo tu
mano. ¿Sabes lo que quiero decir, Nora mía? Desearía
que me pegaras o incluso que me azotaras. No
jugando, querida, sino en serio, y en mi carne desnuda.
Desearía que fueras dura, dura, querida, y tuvieras
grandes y orgullosos pechos y muslos
rollizos. ¡Querría ser azotado por ti, Nora, amor! Me
hubiera gustado hacer alguna cosa que te molestara,
siquiera algo trivial, quizá mejor una de mis sucias
costumbres que te hacen reír: y escuchar entonces
que me llamas a tu cuarto y encontrarte sentada en
la silla de brazos con tus robustos muslos abiertos y
tu cara bien roja de ira y un bastón en la mano. Te
veo mostrándome lo que hice y entonces con un
movimiento de rabia me empujarás hacia ti y hundirás
mi rostro en tu seno. Entonces sentiré tus manos
bajándome la trusa y hurgando dentro de la
ropa y levantando la camisa, para encontrarme luchando
con tus fuertes brazos en tu seno y sentirte
inclinada sobre mí (como una nodriza que fustiga el
trasero de un niño) hasta que tus grandes y llenos
pechos casi me toquen y te sienta azotarme, azotarme,
azotarme malvadamente en mi carne desnuda
y estremecida! Perdóname, cariño, si esto es


J A M E S J O Y C E
142
insensato. Empiezo la carta con total tranquilidad y
debo terminarla ahora en mi estilo alocado.
Querida, ¿estás ofendida por mi forma desvergonzada
de escribir? Supongo que algunas de las
cosas obscenas que escribí te hicieron sonrojar.
¿Estás enfadada porque te dije que me gustaba mirar
la mancha oscura que aparece tras tus bragas
blancas de adolescente? Supongo que me consideras
un inmundo desgraciado. ¿Cómo contestarás estas
cartas? Espero, y espero que tú también me escribas
cartas incluso más desaforadas y sucias que las mías.
Nora, puedes hacerlo si sólo lo deseas, pero
también debo decirte que
(INCONCLUSA)


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
143
15 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín.
Cariño, ¡ni una carta! Sólo una corta y dura de
Stannie. Por Dios, perdóname alguna de las adicciones
pasadas o terminaré en un manicomio. Inténtalo,
querida, hasta que tu amante retorne y haga
que las cosas vayan mejor. No puedo escribirte más:
¿Para qué se pelea conmigo? Estoy haciendo todo
lo que puedo por todos ustedes. Por favor, querida,
dale mucho de comer y que esté cómodo. No lo
inquietes con las deudas: y, por Dios tampoco a mí
me inquietes. Te envío fotografías. Dáselas para que
las ponga en la cocina, la grande frente al fuego.
Colócalas bien.
¡No hay carta! Ahora estoy seguro que mi niña
se ha ofendido con mis sucias palabras. ¿Estás


J A M E S J O Y C E
144
ofendida, duenda, por lo que dije de tus bragas?
Eran puros sin sentido, querida. Sé que son tan inmaculados
como tu corazón. Estoy seguro que
puedo lamerlos completamente: olanes, piernas y
trasero. Sólo que en mi puerca manera de pensar me
gusta imaginar que están sucios en cierta parte. Todo
esto no tiene sentido tampoco, querida, eso de la
sodomía contigo. Es solamente el gusto que le descubro
al sonido de la palabra, en la idea de una tímida
muchacha, bella como Nora, quitándose la
ropa de espaldas, y revelando sus dulces calzoncitos
blancos de muchacha para excitar al descarado camarada
del que ella está orgullosa; y entonces lo
deja clavarle su obsceno pito gordo a través de la
abertura de sus bragas y para adentro, adentro,
adentro, en el querido agujerito, entre las frescas y
regordetas nalgas.
¡Querida, ahora he acabado en mi trusa, por lo
que definitivamente estoy fuera de juego. No puedo
ir a las oficinas generales del correo hasta que tenga
tres cartas para enviar.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
145
¡A la cama! ¡A la cama!
Buenas noches, Nora mía.
JIM


J A M E S J O Y C E
146
16 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín.
Dulce niña querida, ¡finalmente me escribes! Seguro
que has masturbado ferozmente esa sucia conchita
tuya para escribirme una carta tan incoherente.
En cuanto a mí, estoy tan fuera de forma que tendrás
que lamerme una buena hora antes que pueda
tener un cuerno lo suficientemente firme para metértelo,
no digamos para cogerte. He hecho tanto y
tan seguido que me da miedo mirar cómo lo he hecho,
después de todo me lo he hecho. Querida, por
favor no me cojas demasiado a mi vuelta. Coge todo
lo que quieras fuera de mí por ahí de la primera
noche; pero dame tiempo para reponerme. Querida,
toda la cogida debe ser hecha por ti, porque como
estoy de blando y diminuto ninguna niña en Euro


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
147
pa, a excepción tuya, desperdiciaría su tiempo y
energía conmigo. Cógeme, querida; en todas las
nuevas formas que tu deseo sugiera. Cógeme ataviada
con tus vestidos de calle, con tu velo y tu
sombrero puestos, con tu cara sonrosada por el
viento y el frío y la lluvia y tus botas embarradas;
cógeme también a caballo sobre mis piernas, cuando
esté sentado en una silla, montándome de arriba
hacia abajo mostrándome los ribetes de tus bragas y
mi pito firmemente clavado en tu concha, o móntame
sobre la espalda de un sillón. Desnuda, cógeme,
solamente con tus medias y tu sombrero puesto,
acostados en el piso, con una flor roja en el culo,
montándome como un hombre, con tus muslos
entre los míos y tu robusto trasero. Móntame vestida
con tu bata de estar (ojalá tengas esa tan bonita),
con nada debajo de ella, ábrela repentinamente y
muéstrame tu vientre y tus muslos y tu espalda y
empújame sobre ti, encima de la mesa de la cocina.
Cógeme con tu culo, boca abajo en la cama, con tu
cabello suelto, desnuda, pero con tus adorables bragas
rosas perfumadas, abiertas desvergonzadamente
de atrás y medio caídas, de modo que se pueda entrever
un poco tu trasero. Cógeme si puedes acuclillada
en el baño, con tus vestidos levantados,


J A M E S J O Y C E
148
gruñendo como una puerca que caga, y una gran
cosa gruesa sucia serpenteando con lentitud fuera
de tu trasero. Cógeme en las escaleras, en la oscuridad,
como una niñera cogiendo con su soldado, que
le desabotona gentilmente la trusa y desliza su mano
en su pajarito y lo acaricia con su camisa y con ese
contacto se va humedeciendo y entonces lo toma
con suavidad y lo acaricia junto con sus dos bolas a
punto de estallar y finalmente agarra atrevida la pija
que ella ama y la manosea y la acaricia suavemente,
murmurando para él en sus oídos palabras obscenas
e historias indecentes que otras chicas le han contado
a ella y ella dice cosas sucias y se mea las bragas
con placer y deja salir suave, quieta tranquilamente
tibios peditos de su trasero hasta que su clítoris está
tan firme como el de él y de pronto se lo mete y lo
monta.
¡Basta! ¡Basta per Dio!
He acabado y todas las tonterías han desaparecido.
¡Ahora, la respuesta a tus preguntas!
Todavía no hemos inaugurado. Te mando algunos
carteles. Esperamos inaugurar el veinte o veintiuno.
Cuenta catorce días a partir de entonces y tres
y medio más para el viaje y estaré en Trieste.


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
149
Prepárate. Coloca un lindo linóleo marrón agradable
en la cocina y, para la noche, cuelga un par de
cortinas rojas comunes en las ventanas. Procura un
sillón cómodo y barato para tu perezoso amante.
Haz todo lo que te digo, querida, pues una vez que
llegue no me moveré de esa cocina en una semana,
leyendo, repatingándome y mirando como preparas
la comida; y hablándote, hablándote, hablándote, ¡Qué
supremamente feliz seré! ¡Dios mío, allí seré feliz! I
figlioli, il fuoco, una bona mangiata, un caffé nero,
un Brasil, il Piccolo della cera, e Nora, Nora mía,
Norina, Noretta, Norella, Noruccia, ecc, ecc...
Eva y Eileen deben dormir juntas. Consigue algún
lugar para Georgie. Quiero que Nora y yo tengamos
dos camas para el trabajo nocturno. Estoy
manteniendo y mantendré mi promesa, amor mío. ¡El
tiempo vuela, vuela rápidamente! Quiero regresar a
mi amor, mi vida, mi estrella, mi pequeña Irlanda de
ojos extraños! ¡Cien mil besos, cariño!
JIM


J A M E S J O Y C E
150
20 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín.
Mi dulce y pícara Nora, recibí esa noche tu ardiente
carta y he tratado de imaginarte frotándote el
sexo en el baño. ¿Cómo lo haces? ¿Te recuestas
contra la pared con tu mano cosquilleándote debajo
de tus ropas? ¿O te acuclillas bajo el agujero con las
camisas vueltas hacia arriba y tu mano trabajando
fuertemente a través de la abertura de tus bragas?
¿Te sirvió como preludio ahora para cagar? Me pregunto
cómo pudiste hacerlo. ¿Acabas al cagar o te
frotas acabando primero y luego cagas? Debe haber
sido una horrible cosa lasciva ver a una niña con sus
ropas levantadas frotando con furor su concha, ver
sus calzoncitos blancos y hermosos bajados de atrás


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
151
y su trasero defecando y una cosa gruesa y café que
sale de su agujero. Dijiste que ensuciarías tus bragas,
querida, y que después me dejarías cogerte. Me
gustaría oírte primero enmierdarlas y cogerte después.
Alguna noche, cuando estemos en alguna
parte platicando en la oscuridad cosas puercas y
sientas tu mierda a punto de salir, rodea mi cuello
con tus brazos en tu vergüenza y déjala caer suavemente.
El sonido me enloquecerá y cuando alce tu
vestido...
¡De nada sirve continuar! ¡Ya puedes adivinar
qué!
Hoy abrió el cinematógrafo. El domingo 2 de
enero salgo para Trieste. Espero que hayas hecho lo
que te dije respecto a la cocina, el linóleo, el sillón y
las cortinas. A propósito, no cosas esas bragas delante
de nadie. ¿Está hecho tu vestido? Así lo espero,
con una chaqueta larga, con cinturón y con los
puños de cuero, etc. No sé como voy a arreglármelas
con los gastos de Eileen. ¡Por Dios, arregla tú
esto y que pueda yo tener una cama confortable! No
tengo ningún deseo especial de hacerte nada, querida.
Puedes descansar tranquila respecto a mis idas
con... Tú lo comprendes. Querida, esto no sucederá.


J A M E S J O Y C E
152
Oh, ahora estoy hambriento. El día que llegue
di a Eva que haga un “pudding” corriente y algún
tipo de salsa de vainilla sin vino. Me gustaría comer
rosbif, sopa de arroz, cupuzzi garbi, puré de papas,
“pudding” y café negro. No, no, me gustaría stracotto
di macheroni, una ensalada, ciruelas cocidas, torroni, té
y presnitz. O no, preferiría anguilas cocidas o polenta
con...
Perdóname querida, esta noche estoy hambriento.
Querida Nora, espero que pasemos juntos un
año feliz. Mañana escribiré a Stanie sobre lo del cinematógrafo.
Estoy tan feliz que ahora veo Miramar. Lo único
que espero es que no lleve de nuevo conmigo esa
abominable cosa, debido a lo que hice. Querida reza
por mí.
¡Addio, addio, addio, addio!
JIM


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
153
22 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín.
Queridísima Nora mía, te mando un regalo de
Navidad por correo certificado, urgente y asegurado.
Es lo mejor (aunque muy pobre después de todo)
que puedo ofrecerte a cambio de tu sincero,
verdadero y fiel amor. He pensado en todos sus
detalles mientras permanecía despierto por la noche
o recorría Dublín en automóvil, y pienso que al final
ha quedado bonito. Pero me sentiría muy, muy, muy
bien recompensado por mis esfuerzos, incluso si al
verlo por primera vez sólo te proporcionara un rápido
sofoco de placer en tu mejilla o lograra que tu
tierno y amoroso corazón diera un salto de alegría.


J A M E S J O Y C E
154
Quizás este libro que ahora te envío nos haga
sobrevivir a ambos. Quizás los dedos de algún o
alguna joven (los hijos de nuestros hijos) pasen reverentemente
sus hojas de pergamino cuando los
dos amantes cuyas iniciales están entrelazadas en la
cubierta hayan desde hace tiempo, desaparecido de
la tierra. Querida, entonces no quedará nada de
nuestros pobres cuerpos humanos guiados por la
pasión, y quién podrá decir dónde estarán las almas
que a través de sus ojos se miraban mutuamente.
Rezaría para que mi alma fuera esparcida por el
viento si Dios lo quisiera, pero me dejara posar sobre
una extraña y solitaria flor azul oscuro, empapada
por la lluvia en un seto silvestre de Aughrim o de
Oranmore.
JIM


C A R T A S D E A M O R A N O R A B A R N A C L E
155
23 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Queridísima Nora, cuando recibas ésta ya habrá
llegado mi regalo y mi carta, y habrás pasado tus
Navidades. Ahora deseo que te prepares para mi
llegada. Si no sucede nada especial, saldré de Irlanda
con Eileen el sábado 1º de Enero a las nueve y
veinte de la noche, a pesar de que no sé cómo o
dónde voy a conseguir el dinero. Espero que hayas
puesto los carteles en la cocina. Tengo la intención
de empapelarla semana a semana con los programas.
Creo que se podría estar muy cómodo allí, en
la cocina, si consiguieras unos metros de linóleo o
incluso una alfombra vieja y cualquier tipo de sillón
desvencijado y cómodo, así como un par de cortinas


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rojas comunes y baratas. ¿Nos es posible conseguir
una cama más? Quizás Francini nos vendiera una
para pasar el mes. Te envío todos los peniques que
pude ahorrar, querida, pero ahora estoy arruinado,
pues el regalo que te hice, a ti, pequeña tonta, me
costó una terrible cantidad de dinero. Pero no creas
que lo siento, cariño. Estoy muy contento de haberte
dado algo tan hermoso. Querida, ahora apresura
a Stannie para que me ayude a regresar
rápidamente con Eileen, y luego empezaremos
nuestra vida juntos una vez más. ¡Oh, cuánto disfrutaré
el viaje de regreso! Cada estación me acercará
a la paz de mi alma. ¡Oh, cómo me sentiré al
descubrir el castillo de Miramar entre los árboles, y
los largos muelles amarillos de Trieste! ¿Por qué
estaré destinado a mirar Trieste con ojos anhelantes
tantas veces en mi vida? Querida, cuando regrese
deseo que tengas siempre paciencia conmigo. Verás
que no soy un mal hombre. Soy un pobre poeta impulsivo,
pecador, generoso, egoísta, celoso, insatisfecho
y de naturaleza amable; pero no soy una persona
mala y falsa. Querida, intenta protegerme de las
tormentas del mundo. Te quiero (¿lo crees ahora,
querida?) y, oh, estoy tan cansado de todo lo que he
hecho aquí, que cuando llegue a Via Scussa creo


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que me deslizaré hacia la cama, te besaré tiernamente
en la frente, me escurriré entre las sábanas y
dormiré, dormiré, dormiré.
Querida, estoy contento de que te guste mi fotografía
de cuando era niño. Era un niño que parecía
feroz, ¿no es así? verdaderamente, cariño, ahora
soy un niño tan grande como lo era entonces.
Siempre acuden a mi cabeza las cosas más alocadas.
Tú conoces el retrato del hombre con su dedo alzado
en el Piccolo della Sera que dices que es “Jim haciendo
alguna nueva sugestión”. Querida, estoy
convencido de que en el fondo de tu corazón debes
pensar que soy un pobre muchacho. ¿Cómo es que
no puedo impresionarte a ti, muchacha orgullosa,
pequeña ignorante y coqueta de cálido corazón,
como hago a otra gente con mis maravillosas poses?
Tú ves a través de mí, tú, pequeña y pícara astuta de
ojos azules, y te ríes sabiendo que soy un impostor,
y aún me amas.
Cariño, deseo apenas aludir a cierta parte de tu
carta. No tengo ningún derecho en absoluto a hacerlo, y
reconozco que eres libre de actuar como quieras.
No te pediré que te acuerdes de nuestros hijos. Pero
recuerda que hace cinco años, en Dublín en aquel
verano celestial, nos amamos verdaderamente el


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uno al otro casi como muchacho y muchacha. Querida,
realmente soy una persona triste y, ¡oh!, creo
que no podría vivir si sucediera una cosa como la
que tú pareces pensar. ¡No, querida, soy demasiado
celoso, demasiado orgulloso, demasiado triste, demasiado
solitario! Creo que no viviría más. Incluso
ahora, al pensarlo, siento mi corazón tan callado y
triste que únicamente puedo mirar fijamente las palabras
que estoy escribiendo. ¡Qué triste es la vida,
de una desilusión a otra!
JIM


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24 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Mi querida Nora, acabo de enviarte un telegrama
con el hermoso motivo del último acto de la
ópera que te gusta tanto, Werther: “Nel lieto di pensa a
me”. Y como era demasiado tarde para mandar dinero,
le di una libra a mi socio Rebez y le dije que pusiera
un telegrama a Caris, en Trieste, para que
pagara inmediatamente veinticuatro coronas a la
Signora Joyce. Cariño, espero que pases una feliz
Navidad.
Ahora, querida, espero que Stannie me mande
todo lo que pueda para el día primero, para poder
viajar.


J A M E S J O Y C E
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Querida, estoy terriblemente excitado. He estado
todo el día en el cinematógrafo, en medio de la
vertiginosa multitud navideña. Había allí un joven
policía en misión especial. Cuando terminamos, lo
llevé arriba para ofrecerle algo de beber, y resultó
que era de Galway, y que sus hermanas estuvieron
contigo en el Presentation Convent. Le divirtió oír
dónde había terminado Nora Barnacle. Dijo que te
recordaba en Galway, una hermosa muchacha con
rizos y un caminar orgulloso. ¡Dios mío, cuánto sufrí,
Nora! Pero no podía dejar de hablarle. Parece un
joven educado. Imaginé a mi amor, a la que yo quiero,
mi reina, mirándole a él. Tenía que hablarle porque
era de Galway, pero, ¡oh, cuánto sufrí, querida!
Estoy terriblemente excitado. No sé lo que escribo.
Nora, deseo regresar a ti. Olvida a todo el mundo
menos a mí. Estoy seguro de que en Galway hay
mejores tipos que tu pobre amante, pero, oh, querida,
un día verás que yo seré algo en mi país. ¡Me
siento tan inquieto y excitado! Te mando el nombre
de sus hermanas. Vi que se asombraba de cómo
habías terminado. Pero, Dios mío, si pudiera te daría
todos los reinos de este mundo. Oh, querida, tan
celoso del pasado como soy y, sin embargo, me
muerdo las uñas de excitación cuando veo a alguien


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de la extraña y agonizante ciudad del oeste en la que
mi amor, mi hermosa flor silvestre de los setos, pasó
sus alegres años juveniles. Nora querida, ¿por
qué no estás aquí para consolarme? Estoy tan excitado
que debo terminar esta carta. Me quieres, ¿no
es así, pequeña novia mía? ¡Oh, cómo me has entrelazado
alrededor de tu corazón! ¡Sé feliz, amor
mío! madrecita mía, tómame en el oscuro santuario
de tu seno. ¡Querida, protégeme del mal! Soy demasiado
infantil e impulsivo para vivir solo. ¡Cariño,
ayúdame, reza por mí! ¡Esta noche estoy tan, tan
desamparado!
JIM


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[26 de diciembre de 1909]
Día de San Esteban
44 Fontenoy Street, Dublín
Querida, esta mañana he recibido tu carta (una
carta muy frívola) y la participación de boda que
adjuntas. No envíes ningún regalo de mi parte.
Guarda lo que puedas. Di a Stannie que me mande
lo que pueda la semana próxima. Espero que hayas
recibido mi regalo en buen estado, así como mi telegrama
y la libra que te mandé por medio de Caris.
Espero partir en una semana. Gracias por tus deseos
para la Navidad, y espero que tú la hayas pasado
completamente bien. Di a G. y a L. que iré
pronto y que tengan la nariz limpia. Espero que hayan
tenido un buen tiempo. Addio.


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JIM
¡Reserva un poco de turrón y de mandorlato para Eileen!


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[
¿ 12 de julio de 1912?]
Via della Barrier Vecchia 32, III
Trieste (Austria)
Querida Nora, después de haberme dejado cinco
días sin una palabra tuya, garabateas tu firma
junto a otros en una tarjeta postal. ¡Ni una palabra
sobre los lugares de Dublín en donde te conocí y
que tantos recuerdos guardan para nosotros! Desde
que te fuiste he sentido una sorda indignación. Considero
todo el asunto equivocado e injusto.
No puedo dormir ni pensar. Aún me acompaña
la pena. Anoche tenía miedo de acostarme. Pensaba
que moriría durmiendo. Desperté tres veces a Giorgie
por miedo a estar solo.


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Decir que parece que en cinco días te hubieras
olvidado de mí y los hermosos días de nuestro
amor, es una cosa monstruosa.
Mañana parto de Trieste, pues tengo miedo de
quedarme aquí, miedo de mí mismo. El lunes llegaré
a Dublín. Si tú has olvidado, yo no. Iré solo para
encontrarme y caminar con aquella a quien recuerdo.
Puedes escribirme o enviar un telegrama a Dublín,
a la dirección de mi hermana.
¿Qué representan Dublín y Galway comparados
con nuestros recuerdos?
JIM


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Matasellos del 19 de agosto de 1912
[Dublín]
Querida Nora, recibí carta de Londres. ¡Mi
suerte acostumbrada! Me sorprende que Stannie no
haya escrito acerca de la casa. ¿Por qué no me has
mandado ni una línea? Quizás llegue una por la mañana.
No tengo ni idea de cómo nos las arreglaremos
para ir a casa, pues aquí tengo que repartir
dinero incesantemente. ¿Cómo estás? Ayer me enseñaron
un artículo que no conocía sobre Chamber
Music en el Liverpool Courier. Habla de mis poesías
como de “poemas exquisitos y apasionantes”.
¿Puede escribir mis poesías tu amigo de la fábrica
de soda o el párroco? Hablé toda la noche de ti
con mi tía.
JIM


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[21 de agosto de 1912]
[Dublín]
Mi querida Nora, hoy vi a Lidwell, y después de
una hora conseguí de él la carta que te mando. La
llevé a Roberts. Roberts dijo que no estaba bien y
que debía haber sido dirigida a él. Pedía Lidwell que
escribiera a Roberts. Lidwell se negó y dijo que su
cliente era yo y no Roberts. Fui a ver a Roberts y se
lo dije. Roberts dijo que Lidwell debería escribirle
una carta sobre la totalidad del caso diciendo lo que
yo podía hacer, pues él no podía poner en peligro la
empresa. Yo dije que firmaría un acuerdo para pagarle
sesenta libras, el coste de la primera edición, si
el libro fuera secuestrado por la Corona. Él dijo que
no era necesario y me preguntó si yo podía conse


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guir dos fianzas por mil libras cada una, dos mil libras
en total (cincuenta mil francos), para indemnizar
a la empresa por pérdidas después de editar mi
libro. Dije que nadie me admiraba tanto como eso y
que, en todo caso, nunca podría probarse que las
pérdidas de la empresa (de haberlas) eran debidas a
mi libro. Entonces dijo que él actuaría según el consejo
de su agente y que no publicaría el libro.
Entonces fui a la parte trasera de la oficina y,
sentado en la mesa, pensando en el libro que había
escrito, el hijo que durante años había llevado en el
seno de mi imaginación así como tú llevaste en tu
seno los hijos que amas, y en cómo lo había nutrido
día tras días con mis pensamientos y mis recuerdos,
le escribí la carta que te adjunto. Dijo que la enviaría
esta noche a su agente en Londres y me diría algo.
Soy como un hombre que camina en sueños.
No sé lo que pasa en Trieste. Stannie no me ha
mandado lo que le pedí. Eva y Florrie no tendrían
nada que comer si no fuera por mí. Stannie no les
ha mandado nada, Charlie tampoco y yo tampoco.
No sé dónde terminará mi escritorio, mi mesa, mis
manuscritos y mis libros. Tú estás en Galway. No sé
cómo regresaremos a Trieste ni qué encontraremos
allí. No sé qué hacer con mi diploma ni con mi li


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bro. Mi padre dice que Roberts pondrá nuevas objeciones
incluso después de mi carta. La ciudad se
empieza a llenar y yo debería olvidarlo todo y estar
contigo y llevarte al Horse Show, ¡Pover’a me! [sic]
Estas son mis vacaciones.
Ofrece mis respetos a Mr. Healy. Dile que no
tengo un momento para escribirle. Da un beso a
Giorgio y a Lucía.
Espero que te gusten los poemas. Hoy hablé
con mi tía y le hablé de ti, de cómo te sientas en la
ópera con la cinta gris en tu pelo, escuchando la
música, y observada por los hombres, y de otras
muchas cosas (incluso íntimas) de nosotros.
Te hablé de mi fracaso en las carreras de Galway.
Todavía lo lamento. Espero que llegue el día
en que pueda darte la fama de estar a mi lado cuando
haya entrado en mi Reino.
Sé feliz, querida, y come y duerme. Ahora puedes
dormir. Tu tormento está lejos.
JIM


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[Matasellos del 22 de agosto de 1912]
[Dublín]
Mi querida y lejana Nora, hoy vi a Roberts y hablamos
de la encuadernación de mi libro, de modo
que ha aparecido un claro de esperanza entre las
nubes. Me dijo que lo llamara nuevamente mañana
a las doce.
He tomado una habitación doble en el 21 de
Richmond Place, en la North Circular Road, y soy lo
bastante estúpido como para pensar que tú y yo podremos
pasar algunos días felices después de todo
este lío. Cómo me gustaría pasear contigo durante la
Horse Show Week, y tener dinero para llevarte aquí y
allí. Puedo conseguir entradas para los teatros. Asegúrate
de tener enaguas y medias bonitas. Puedes ir


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al peluquero aquí. ¿Tienes el lazo gris que tanto me
gusta? ¿Vendrás mañana? Temo preguntar por qué
no me ha escrito Stannie, y mi dinero se está terminando.
Quizás me escriba mañana. He pasado una
semana terriblemente excitado con mi libro. Hoy
Roberts me habló de mi novela, y me pidió que la
terminara. ¿Te gustaría ir conmigo al teatro y luego
ir a cenar? ¿Te encontraré tan llena como antes?
¿Está limpia tu ceñida y provocadora blusa lila? Espero
que te limpies los dientes. Si no tienes buena
apariencia te enviaré de regreso a Galway. Ten cuidado
de no estropear tus sombreros, especialmente
el alto. Tengo en la parte delantera, una linda habitación
con dos camas. Si todo va bien, ¿no podríamos
pasar unos días en mutua compañía? Me
gustaría mostrarte muchos lugares de Dublín que
menciono en mi libro. Me gustaría que estuvieras
aquí. Te has convertido en parte de mí mismo, como
carne. Cuando regresemos a Trieste, ¿leerás si te
doy libros? Luego podríamos comentarlos. Nadie te
quiere como yo, y me gustaría leer los distintos
poetas, dramaturgos y novelistas contigo, como guía
tuyo. Te daré sólo lo mejor de la literatura. ¡Pobre
Jim! ¡Siempre haciendo planes!


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Mañana espero tener buenas noticias. Si publican
mi libro me volcaré en mi novela y la acabaré.
El Abbey Theatre estará abierto, y representarán a
Yeats y a Synge. Tienes derecho a estar allí, pues
eres mi novia: y yo soy uno de los escritores de mi
generación que, por fin, quizás están creando una
conciencia en el alma de esta raza. ¡Addio!
JIM
(Escribe como siempre a Todd Burns, no a mi dirección)


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Matasellos del 23 de agosto de 1912
21 Richmond Place, N.C.R.
Dublín
Querida mía, esta mañana llamé para citarme
con Roberts. No estaba allí, pero me dejó la carta
que te adjunto. La leí y caminé por la calle sintiendo
cómo todo mi futuro se escapaba de mi control.
Permanecí durante una hora sentado en un sofá de
la oficina de mi padre. He estado toda la noche con
el libro entero en la cabeza, imaginé que lo veía, que
lo leían mis conocidos, imaginé las críticas sobre él,
tanto amables como poco amistosas. Esta mañana
todo parecía derrumbarse.
Me parece que hubiera sido mejor no decir nada
más. Hoy he pensado largo rato en usar el dinero


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que me queda en un revólver, y usarlo con los sinvergüenzas
que durante tantos años me han torturado
con sus esperanzas. No diré más. Si me
quieres, lo sentirás por ti misma [sic] Querida, estoy
seguro de que lo harás, y, oh, cómo me gustaría tener
tu apoyo y tus palabras de ánimo, para olvidarlo
todo y dormirme en tus brazos, oculto por tu amor.
No sé lo que haré o lo que puedo hacer. Ya lo
pensaré. Lucharé hasta el fin. Stannie no me ha enviado
ni una línea ni ningún dinero. Mañana empeñaré
mi reloj y mi cadena para subsistir algún
tiempo más. Parece que todo se ha desvanecido,
dinero, esperanza y juventud.
Al menos estarás tú. No te aflijas por mí. Come,
duerme y sé feliz. Cuando nos encontremos (y espero
que sea muy pronto), espero encontrar en ti lo
que he perdido en otras partes, verte joven y feliz,
sonriente y caminando como una reina.
JIM
P.S. Me sorprendió y desilusionó no haber recibido
hoy carta tuya. Escribe de una vez y devuélveme la
carta de Roberts. Piensa en mí, pero no te impacientes.


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Matasellos del 3 de junio de 1920
[Tarjeta Postal]
Portogruaro
Toma dos billetes para el viernes por la noche y
ve lo mismo si yo regreso o no. Si llego el viernes.
No, mejor espera hasta que te escriba de nuevo.
Un día muy aburrido con amenaza de tormenta.
JIM